CAPITULO 1



 EL ABOGADO.

Ese día morí. Habría sido un jueves como cualquier otro pero ¡Hey! Llevaba tan solo unas horas, encerrado en mi departamento debido a esa tontería que después se convertiría en la peor pesadilla de mi vida… y la última. ¿Quién se puede preparar tan rápido para algo así? Mi nombre era John y si, como cualquier otro John del planeta, a excepción de los más famosos, mi vida era bastante promedio como abogado aunque gracias al trabajo duro y algunos clientes medianamente adinerados había logrado hacerme de un cómodo departamento en el centro de la ciudad, con un lugar de estacionamiento donde “descansaba” un automóvil no muy caro pero que era la envidia de algunos de mis vecinos. Incluso el Sr. Richards, vecino de mis padres a quienes visitaba con regularidad a las afueras de la ciudad, le lanzaba una que otra mirada de desdén a la reluciente pintura de mi auto rojo de ocho cilindros. Comentarios como “gasta demasiada gasolina ¿No?” o “Esperemos no estés tratando de compensar algo más” eran la regla cuando conversábamos fuera de casa de mis padres y comenzaba a hablar de lo bien que me había ido en la vida; obligándolo a responder de esta forma después de patear el polvo de la acera y lanzar una mirada de frustración a este. No me importaba en realidad. Todos tenemos esa pequeña vocecilla muy dentro, junto al ego, que nos felicita cuando alguien tiene ese tipo de actitudes hacia nosotros, aunque conscientemente no nos guste, es el plato favorito de nuestra soberbia.
También lo era el de mis padres ya que algunas veces, antes de que pudiera pronunciar palabra, el Sr. Richards interrumpía diciendo “si, si, ya me han contado tus padres” urgiendo por temas más mundanos donde se sintiera más nivelado y que no corriera con la mala suerte de encontrar algo de lo que no pudiera conversar conmigo. Simplemente mis padres disfrutaban de presumir de uno más de sus muy exitosos hijos. Claro que el Sr. Richards tenía dos hijos; una bellísima y muy amigable hija cuyas noches y las propias coincidieron más de una vez, afortunadamente, y un hijo que sería más que un rebelde de la música cuya vida había sido ir de estación de policía en estación de policía, algunas adicciones leves y una banda de heavy metal de una fama creciente. Algo que a ojos de nuestro vecino no sería de alardear y que prefería evitar hablar de ello con el resto de las personas. Tal vez si hubiera presumido un poco más a sus hijos desde el principio habrían resultado en otro tipo de personas con el tiempo pero ¿Quién soy yo para decir a otra persona como educar a sus hijos? Más bien ¿Quién era?
El día anterior a que todo comenzara había ido a casa de mis padres, obviamente conduciendo mi auto rojo, pasando por la casa de Sr. Richards quien saludaba con una risa fingida hasta la entrada de la casa de mis padres donde mi hermana y mi hermano ya me esperaban para hacer la entrada triunfal los tres juntos. Fue increíble que un médico y un arquitecto pudieran encontrar el tiempo para llegar antes que yo.
Mis padres nos recibieron con los brazos abiertos y la mesa puesta con una cena exquisita, producto de las viejas pero no torpes manos de mi madre quien siempre aceptaba como paga las sonrisas de todos después de comer. No es por alardear pero la comida de mi madre era tan buena que incluso mis sobrinos, hijos de ambos hermanos que no superaban los 11 años, comían sus vegetales sin problemas. La sobremesa transcurrió con las preguntas frecuentes, casi todas hacia mí, pasando del “¿Qué sucedió con aquella chica?” hasta llegar al “¿Cuándo es que te vas a casar?” o “¿No piensas darnos nietos?”. Siempre me gustó la preocupación de mis padres en ese aspecto así que respondía con algunas bromas a cerca de ello antes de que la conversación se fuera a temas más “adultos” y serios. Mi hermana y mi padre compartían profesión así que, en cuanto hubo la oportunidad, la conversación fue brutalmente dirigida hacia el tema que andaba en todos los medios: aquella extraña enfermedad que supuestamente había contagiado ya a miles. Primero fueron de mecanismos de infección, tiempo de incubación y tratamientos antes de que nos incluyeran a los restantes con palabras que los meros mortales pudiésemos entender. No es que no las entendiera del todo, ya que fueron incontables las noches que mi hermana pasó estudiando ese tipo de cosas acompañada de nada más y nada menos que de su hermano pequeño.
Mi hermano, el arquitecto, sintió su ego en juego por lo que pronto aportó un severo análisis de como la construcción de la ciudad y la infraestructura afectaría los procedimientos de acción en dado caso que esa enfermedad escalara a la magnitud de una epidemia o peor aún, una pandemia. Fue una discusión llena de datos en la que yo solo prestaba atención de quien lograba sacar el argumento más fuerte e irrefutable, intercambiando miradas y risas de vez en cuando con mi madre que, desde que dejó de ser enfermera, no se preocupaba por tales temas. Mi hermana no perdió eso de vista, acusándome al instante con una pregunta que urgía mi opinión al respecto. “A una enfermedad no se le puede demandar o ampararse contra ella, por lo que en estos momentos creeré lo que ustedes tres me digan que puede pasar, solo traten de que no pase cerca de mi departamento, por favor” fue mi respuesta antes de que un montón de carcajadas inundaran aquel comedor que habíamos ocupado desde que éramos niños.
La tarde transcurrió con el mismo tema que, gracias a lo vago de la información por parte de las autoridades y los crecientes rumores alimentados por los medios de comunicación, tomó una innumerable cantidad de vertientes las cuales fueron exploradas hasta donde la experiencia de cada uno de nuestros ramos nos dejó analizar. Extrañare esa última taza de café que tomé justo antes de despedirme de todos. Nunca podríamos estar juntos de nuevo.
Conduje hasta mi departamento esa noche. Ahora recuerdo que logre ver más ambulancias y patrullas de lo normal pero que, debido al creciente índice delictivo y a trabajo para mí, no se me hacía demasiado extraño. Incluso no noté la falla del alumbrado público el cual iba y venía mientras conducía bajo las sombras de los enormes edificios del centro de la ciudad, ocultando algunas atrocidades que no serían reveladas hasta que llegara la luz del día. Llegue al estacionamiento de mi edificio, el cual tenía una puerta eléctrica automática de seguridad y cuya apertura respondía a un sensor de proximidad instalado cómodamente en mi automóvil. Había escuchado del vendedor que la puerta era reforzada y podía resistir los vientos de un huracán aunque me parecía de lo más ridículo en ese momento puesto que estábamos más que alejados de cualquier costa. Las cosas que hace la gente para vender.
La mañana siguiente llegó de forma extraña, ya que fue la alarma de mi celular y no del despertador la que me hizo abrir los ojos; obligándome a salir de la cama como un resorte sabiendo perfectamente que llegaría tarde a mi despacho a pesar de que hiciera hasta lo imposible. Tenía el sueño pesado y eso no fue culpa de nadie, por lo que me apresuré darme el baño más rápido de mi vida, donde me di cuenta que la energía eléctrica había fallado durante toda la noche, lo que explicaba la ineficacia del despertador. No le di mayor importancia por lo que me apresuré, me vestí con un traje completamente nuevo el cual había comprado unos días antes y a prepararme un desayuno ligero. Los días que te sientas más abatido, vístete lo mejor que puedas. Eso siempre ayuda. Pensé que mi suerte había cambiado cuando mi jefe me llamó al celular, agradeciendo que pudiera explicarle la razón de mi retraso pero pronto me vi abrumado por el tono de preocupación y rapidez al hablar de él. Me explicó que no me presentara a la oficina, varios no lo harían y solo pocos estaban ya en ella, que me encargara de avisarles porque en tenía que hacerse cargo de algo importante. Decidí tomarme mi tiempo para desayunar decentemente antes de ir a la oficina, algo que posteriormente agradecería. No iba a desperdiciar el haberme enfundado en tan caro atuendo.
La energía eléctrica iba y venía mientras apuraba lo último de mi desayuno e intentaba ver las noticias entrecortadas por la misma situación. Entre todos esos trozos inconexos pude escuchar algunas cosas sobre la “infección” como la llamaban, algunas cosas del gobierno y otras que parecían disparates desde mi punto de vista. Pensé que tal vez mi día transcurriría entre leer algún libro pendiente y las tareas del hogar; visitar a mis padres o alguna otra actividad que encontrara entretenida y que no necesitara de un flujo constante de electricidad. Para ello me di a la tarea de eliminar cada uno de mis pendientes, empezando por llamar a la oficina y hacerles saber a cada uno que no se presentaran. Me sorprendí mucho al encontrar todos los números con el tono de ocupado, como si los hubieran descolgado todos al mismo tiempo.
Creí que se debía a un malfuncionamiento del conmutador, cosa que había pasado con anterioridad, por lo que, con el pesar que caracteriza a una persona que estaba a punto de dedicarse a la pereza, tomé mi saco y salí de mi departamento hacia el estacionamiento. Bajé cada escalón como si en realidad estuviera subiéndolos y llevara mil de ellos detrás de mí, maldiciendo el corte de electricidad que no permitiría usar los elevadores. Cuando llegué al Lobby encontré al conserje y al portero discutiendo sobre cómo debían de poner en funcionamiento la planta auxiliar de energía, algo de lo que me arrepentiría después. Era información importante y la deje pasar.
Tomé las escaleras al estacionamiento y por supuesto, estaba obscuro. Caminé a través de la penumbra con la ayuda de mi teléfono celular, no sin dejar que la paranoia me atacara desde dentro haciéndome ver sombras y escuchar sonidos en todos los rincones alejados de aquella caverna en la que se convirtió el estacionamiento. Lo más probable es que no fuera solo mi imaginación y algo verdaderamente me acechó desde la obscuridad sin animarse a atacarme. Logre llegar hasta mi automóvil al cual entré presa del mismo pánico que tenía a la noche cuando apenas llegaba a los 6 años, encendiéndolo a toda prisa y dirigiéndome hacia la salida más cercana. Algún despistado había dejado la puerta abierta, para mi disgusto y fortuna, porque así no tendría que bajar para presionar el botón de acción mecánica y usar la cadena para abrir la pesada reja en medio de la obscuridad; aunque debido a esto, cualquiera podría entrar  a nuestro “seguro” estacionamiento.
Las calles de la ciudad en la que solía vivir eran transitadas a diario por una cantidad enorme de personas. Las conversaciones con mi familia a cerca del tránsito eran lo cotidiano cada que quedábamos para vernos, comentando cosas como el tiempo de traslado o la practica inmovilidad que tenía uno que sufrir durante horas si ocurría algún accidente en alguna de las incontables calles de la traza reticular que dominaba esa urbe. Talvez funcionalmente era lo mejor pero el espaciamiento entre cada una no era lo indicado provocando que, con el crecimiento de la población, el bloqueo de una esquina se volviera un infierno que envolvía al menos ocho cuadras a la redonda. Mi sorpresa fue mínima y rayó en lo que podía ser algo de autocomplacencia cuando encontré la mayor parte del camino a mi oficina totalmente libre. Claro, uno que otro automóvil de pronto aparecía en el camino, ya fuese andando junto al mío o detenido de forma poco ortodoxa junto a la acera. Lo que más me molestaría al final es que, de haber sabido lo que esto significaba hubiera tomado aquello como “señales” y habría salido lo más rápido de la ciudad. pero el tiempo para hacerlo había sido antes de eso.
No se puede llorar sobre la leche derramada. Mucho menos cuando no te has dado cuenta que has vaciado el cartón completo hasta que ya ha sido demasiado tarde. Obviamente en ese momento no supuse nada malo, solo pensé que seguía con mi racha de suerte de un día libre de trabajo combinado con la hora exacta en que había menos que transito ligero en mi ciudad.
Fueron solo unos cuantos minutos los que tarde en llegar a aquel enorme edificio acristalado, tan alto que parecía rasgar el cielo, con una imagen obscura y solitaria, como si de hecho hubiera estado a la espera de mi llegada. Y tal como el exterior, el lobby del edificio estaba totalmente desierto. Fue ahí cuando algunas luces de emergencia comenzaron a encenderse en mi cabeza pero asumí que, al estar abierta la puerta, el viejo recepcionista y la hermosa joven ayudante que tenía probablemente se encontraban en alguna oficina revisando algo. El eco que producían mis pasos al andar por el frio suelo de mármol terracota hizo que mi camino hacia los elevadores fuera tan veloz que si alguien me hubiese visto habría pensado que tenía la urgencia de usar el sanitario. El instinto comenzaba a dominarme de a poco mientras el miedo me invadía.
Por suerte, la planta de poder del edificio funcionaba de forma autónoma por lo que el ir y venir de la energía eléctrica no era un problema para el elevador que me recibió mucho más rápido de lo usual. Debes comprender que, al estar en un edificio tan alto, los elevadores exprés que se ocupaban eran como taxis o más bien autobuses que llevaban a todos los oficinistas a sus pisos. Incluso algunos de estos elevadores solo atendían ciertos pisos o se les programaba una ruta desde planta baja para ir solo a niveles próximos a su primera parada. Es por eso que, cuando las puertas del ascensor se abrieron casi de inmediato que toque el botón de llamada, mi corazón al igual que mi mente emprendieron un viaje hacia el mundo de las conjeturas sobre lo que podría estar pasando en realidad. Incluso llegue a temer que se tratara de una plaga de chinches o piojos como un bromista intentó hacer creer unos años antes.
Me apresure al interior del enorme elevador y presione varias veces el botón del piso 13, donde se encontraba la oficina en la que trabajaba, esperando con el corazón en la mano para que algún pobre diablo, infestado de piojos o Dios supiera que, no pudiera subir y contagiarme. De igual forma a cómo llegó, después del característico ding, el ascensor hizo su camino hasta el piso 13 en unos cuantos segundos, algo tan fuera de lo normal que me hizo hundirme en la paranoia de mis suposiciones a tal grado que saque un pequeño pañuelo de tela color rojo que me regaló mi madre para taparme la boca y la nariz. Generalmente el camino de todos los elevadores es interrumpido por quienes los solicitan en pisos intermedios pero esa vez, nadie lo hizo.
Cuando llegué al piso donde se encontraba mi oficina, el Lobby del elevador se encontraba intacto, incluso parecía como si fuera un día completamente normal, pero la realidad de las cosas me esperaba escondida en la obscuridad que se atisbaba detrás de la puerta de acceso que, inusitadamente, se encontraba entreabierta. Claro que ese detalle no lo observe al instante, solo hasta que llegue a la puerta y al intentar abrirla, terminó de hacer su recorrido en la obscuridad con un simple empuje, haciendo que mis nervios estallaran tan rápidamente que toda la piel se me erizó. “¿Qué demonios sucede?” pensé. La realidad era que, la firma con la que trabajaba, tenía una cartera variopinta de clientes; abarcando desde personas honradas que luchaban contra las injusticias del sistema hasta acaudalados magnates de escrúpulos y moral cuestionable que habían tenido algún “malentendido” con alguna secretaria… o con alguna niña. No debería decirlo pero incluso tenemos como clientes a algunos de los criminales más sobresalientes del país y del mundo.
Mil escenarios pasaron por mi cabeza ¿Algún cliente insatisfecho cobrando “a la mala” la ineficacia de nuestros servicios? ¿Un posible contrincante allanando nuestra oficina en busca de información confidencial? ¿Un comando armado asaltando la empresa bajo órdenes del gobierno? En ese momento mi consciencia, o creo que mi instinto de supervivencia, me gritaba que saliera de ahí. “No seas estúpido John, sal de ahí” decía, pero mi curiosidad fue mucho más grande y me hizo entrar en la penumbra que dominaba la oficina. “Un vistazo no hará daño” decía. Un leve olor, o sabor, a cobre en el aire me hizo urgir por el interruptor al instante pues recordaba las palabras de un viejo sicario al que alguna vez defendimos de la ley. Logramos disminuir la sentencia hasta el grado de no ser encarcelado ya que era tan viejo y débil que daba lo mismo tenerlo en la cárcel que en su casa. Él decía “el sabor de un asesinato es como si tuvieras una pila en la lengua, sabor a cobre, es el sabor de la sangre” con una voz carrasposa y lúgubre. Pensaba que solo eran delirios de un anciano de pasado reprobable pero cuando reconocí el aroma, el pánico me domino.
Encendí la luz y desee no haberlo hecho tras la arcada que me provocó al ver una escena de un crimen tan violento que haría que cualquier asesino serial se orinara en los pantalones. Manchas de sangre y otras cosas irreconocibles decoraban el piso y los muros como si los hubiesen ocupado como un lienzo para una pintura de arte moderno o abstracto. Creo que hasta pude ver algo que era parte de un intestino antes de vomitar mi desayuno sobre eso. Tomé aire y dirigí mi mirada al techo, tratando de desviar mi atención para recuperar la compostura, encontrándome con algunos agujeros de bala en el plafón. Afortunadamente esto me tranquilizo, de alguna manera, pues centré mi atención en descubrir el misterio que posiblemente estaba relacionado con la carnicería que sucedió en el despacho. Regresé mi mirada al suelo y vi, para mi pesar, que había ensuciado mis zapatos con mi propio desayuno. Zapatos italianos, extremadamente caros, en una escena del crimen no funcionan.
Intenté limpiarlos con un trapo que encontré sobre el mostrador de recepción, el cual muy probablemente pertenecía a la señora que hacía la limpieza, pero cuando me incliné para hacerlo descubrí un rastro de sangre que iba hacia la salida. Lo estudié y era el inequívoco rastro de un cuerpo arrastrándose por lo que mi mente me llevó a pensar en la escena de un asesinato y que habían arrastrado el cuerpo fuera de la oficina. “Podrían regresar” pensé al ver que no habían limpiado nada del desastre que hicieron pero, al ver el grado de este, recapacite pensando que aunque lo intentaran no podrían hacerlo del todo. Me reprendí mentalmente al ver que, de forma estúpida, había contaminado la escena del crimen con el contenido de mi estómago. De inmediato levante el teléfono de recepción e intenté llamar a la policía mientras seguía con la mirada el rastro de sangre. Lo mismo que al principio. El teléfono estaba muerto. Mi atención se desvió del auricular cuando pude ver como el rastro se convirtió en unas pisadas al final de este, junto a la puerta, las cuales se internaban en el mármol terracota del vestíbulo del elevador, por lo que no las había notado primero.
Salí al vestíbulo y noté la marca de una mano ensangrentada en la puerta que llevaba a las escaleras de emergencia, lo cual picó mi curiosidad por saber que se ocultaba detrás de ella. Retrocedí unos pasos recordando el desastre que había hecho en la oficina y volví a ella para intentar llamar de nuevo a la policía. “Ya contaminaste la escena de un crimen John, no necesitas hacerlo de nuevo” pensé. Cuando llegué al auricular, un gruñido proveniente de una de las oficinas me hizo detenerme como si me hubieran congelado por completo. Era el miedo lo que me detenía pues hasta ese momento creí haberme encontrado completamente solo. Revise con la mirada las cuatro puertas de las seis oficinas que componían el despacho, e incluso di un vistazo rápido a la lista de quienes estaban presentes, confirmando que solo había cinco personas de las catorce que trabajábamos ahí y que solo una puerta estaba abierta.
Mi instinto me gritaba que saliera de ahí pero, de nuevo, la curiosidad me hizo adentrarme en la penumbra de la oficina que estaba abierta, el archivo, para comprobar el origen del gruñido. Antes de cruzar el umbral, aquel sonido gutural se escuchó nuevamente pero no fue lo suficientemente tétrico como para hacerme huir. De hecho, había sonado como un quejido, como alguien herido, y si necesitaba ayuda, me maldeciría por el resto de mi vida si no ayudaba.
Abrí la puerta y me topé con el cadáver de la secretaria, Lucy, una pelirroja de tremendas curvas, recostado sobre el de un tipo vestido completamente de negro y cuyo rostro lo cubría un pasamontañas. El sujeto sostenía un arma y estaba completamente seguro de que era el responsable de los agujeros en el techo y el de la cabeza de Lucy. Fue extraño ver que la mandíbula de la pelirroja estaba trabada en el brazo derecho del hombre, quien acusaba de tener más de un mordisco sobre su cuerpo. Más al fondo, sobre una mesa, la sangre que salía del cuerpo de la señora que hacía la limpieza, Sasha, manchaba algunos expedientes. La causa de la muerte parecía la misma: un disparo en la cabeza. Ambas mujeres parecían haber muerto el mismo día, pero su piel amoratada les daba el aspecto de haber muerto mucho antes.
Quise acercarme a Sasha para inspeccionar más de cerca su cuerpo pero el gruñido que había escuchado antes me detuvo. Era el hombre del pasamontañas. Estaba vivo y necesitaba ayuda, aunque primero pensé en atarlo, mi primer instinto fue comprobar sus signos vitales los cuales eran completamente normales. La verdad es que fui un abogado honesto y la inteligencia criminal siempre me falló, por lo que lo primero que hice fue levantar el pasamontañas para verificar la identidad del hombre en lugar quitar la pistola de sus manos antes. Comprobé que el hombre era un sicario al servicio de un delincuente cuyo caso perdimos unos meses atrás y que era famoso por realizar ajustes de cuentas así como recuperar información. De nuevo, en lugar de salir huyendo, maldije en voz baja a mi jefe por haber tomado ese caso ante de sentir el frio del acero junto a mi cien. “Quítate de encima, idiota” dijo el hombre con los ojos cerrados.
“¡No me mates!” suplique mientras los dos nos incorporábamos notando que Lucy seguía “prendada” de él. Me pidió ayuda apuntándome con la pistola y lo único que pensé fue tirar de la cabeza del cadáver de la pelirroja antes de cualquier réplica del sicario. Casi me mata entre maldiciones cuando los dientes de la recepcionista le arrancaron un buen tajo de carne. Las cosas se calmaron pronto y el sicario se dirigió a la puerta, observando hacia los lados como si estuviera ocultándose de alguien… o algo. Le pregunté qué hacía ahí y solo se rió antes de responder que estaba ahí por un ajuste de cuentas con mi jefe. “Pero el maldito lugar ya era un caos cuando llegue” explicó mientras narraba una escena que me era inverosímil.
Resulta que él llegó por la escalera de emergencia tras sobornar al recepcionista, llegando a la oficina que, por algún motivo, estaba abierta. Escuchaba gritos pero no le importó en nada pues el sicario pronto los acallaría. Cuando entró, encontró a mi jefe luchando con Sasha quien no le soltaba el brazo, el cual le estaba mordiendo con fuerza, ayudado de Lucy quien aquejaba una herida en el hombro. Dijo que dos de mis colegas estaban peleando y se adentraron en una oficina por los forcejeos mientras que otro se encontraba sentado en el suelo como si lo hubieran noqueado.
No se molestó en detalles. Solo dijo que entró en la oficina rápidamente y retiró a Sasha de encima de mi jefe para arrojarla a la oficina del archivo, llevándose un gran trozo de carne con ella. Lucy le atacó de inmediato, golpeándolo con una engrapadora, y como nunca tuvo paciencia para las mujeres pues no eran de su gusto, le reventó el cuello y la arrojó dentro del archivo. Dijo que mi jefe se desangraba como un puerco en el suelo y le divertía un poco que sus propios empleados hubiesen hecho el trabajo. Solo tenía que esperar a que mi jefe muriera y no habría problema pero uno de mis colegas, el que estaba peleando con el otro, salió de la oficina y le arrancó un trozo de carne del brazo izquierdo. “Lo envié de un puntapié a una de la oficinas y lo encerré” dijo molesto al tocar la herida que aun sangraba antes de continuar con el siguiente ataque, que vino de mi jefe el cual le había arrancado un trozo de muslo. Mi jefe era un hombre muy gordo, por lo que incorporarse le era difícil, pero algo le indicó al sicario que no era él mismo cuando se levantaba como si estuviese enfermo.
Las cosas se tornaron aún más difíciles cuando, de reojo, observó a otro de mis colegas intentar incorporarse con una enorme herida den el estómago. “Te juro que podía ver sus intestinos colgar” dijo mientras se recargaba en el escritorio de la recepción. Cerró la oficina de mi colega y encerró a mi jefe en la suya, sin antes llevarse un nuevo mordisco y cuando estaba dispuesto a salir pitando de ahí, las garras de Lucy y Sasha le arrastraron hacia la penumbra del archivo. Hubo una batalla entre disparos y mordiscos, pero al final el venció. “Y aquí estamos” el sonido de su pistola cortando cartucho finalizó su relato. Por un momento pensé que me mataría pero al ver que enfundaba su pistola y encendía un cigarrillo dándole una buena calada quedé mucho más tranquilo. No tuve el valor de decirle que no estaba permitido fumar en interiores pero si pude preguntarle el motivo de su presencia en mi oficina.
“Así que el maldito salió arrastrándose” dijo al observar el rastro de sangre refiriéndose al colega que, según él, tenía los intestinos de fuera. Insistí en mi pregunta obligándole a contestar a regañadientes que estaba ahí para recuperar información, no para su jefe anterior, sino para un acaudalado dueño de una farmacéutica el cual necesitaba que recuperara algunas cosas y se deshiciera de mi jefe. El perfil del sujeto que mencionaba se me hacía conocido pero poco sabía de él pues era un cliente relativamente nuevo que, de acuerdo a sus palabras, se trataba de unos archivos sellados con el logotipo de una compañía muy famosa. Los asuntos que llevábamos para ese cliente eran relacionados a algunos monopolios, pues poseía muy buena parte del mercado farmacéutico y comenzaba sus andadas en el campo de la fabricación de armas para el gobierno, además de algunos casos de accidentes de trabajo que iban desde caídas y torceduras así como muertes por la exposición a algún contaminante no determinado. Según nuestro cliente, este último alegato era completamente falso y era nuestro deber desmentirlo.
“Pues así son las cosas, chico” dijo el hombre con un marcado acento irlandés al encaminarse a la oficina de mi jefe pero, en cuanto estuvo a punto de tocar el picaporte, un gran estruendo sacudió la puerta. El rostro del sicario se tornó aún más blanco que el color que ya poseía su piel, casi como si hubiera visto un muerto levantarse de su tumba. Yo había creído por su historia que mi jefe estaba muerto pero si la secuencia había sido correcta, era mi jefe el que estaba golpeando la puerta sin cesar, lo que de inmediato me obligó a intentar ayudarle. “¡Espera!” exclamó el hombre deteniéndome ante la puerta, “¡Esto no puede ser posible!” dijo con terror en sus ojos antes que le preguntara el motivo de sus preguntas. Sus razones parecieron inverosímiles en ese momento pues entre el cantinfleo solo pude entender que él creyó muerto a mi jefe antes de encerrarlo en la oficina, si eso era posible claro está, alegando que se había levantado de la tumba como un come hombres. Me hizo la pregunta más extraña al querer comprobar si sabía hacia donde abría la puerta de su oficina y claro que lo sabía pues, para ahorrar espacio, el arquitecto que diseño nuestro despacho hizo que abriera hacia dentro.
La respuesta que di me hizo dudar a cerca de lo que decía el sicario, pues si el abatimiento de la puerta era hacia dentro ¿Por qué mi jefe golpeaba la puerta urgiendo por salir? Si estuviera en pleno uso de sus facultades la halaría y saldría. También pasó por mi mente que su oficina estuviera cerrada con llave pero el mecanismo de apertura de la cerradura estaba igualmente de su lado. ¿Qué acaso mi jefe perdió el sentido común tras esa batalla? Me preguntaba en el momento que el sicario me suplicaba dejarle dentro haciendo referencias a películas de clase b, lo cual al momento me pareció de mal gusto ya que jamás me agradaron y me parecían una pérdida de tiempo. Ahora me arrepiento de no haberlas visto pues tal vez mi futuro habría sido otro. Pero en ese momento no sabía nada más que lo surreal que era ver el terror en un hombre de rostro duro, un criminal forjado entre la pólvora y la sangre flaqueando ante el miedo de lo que él creía como un ente antinatural.
De alguna extraña forma, la situación emocional en la que se encontraba le hizo obtener una apariencia algo extraña, pues en el corto tiempo que habíamos estado juntos su salud cayó de manera visible. Los ojos se le habían puesto ojerosos y las pupilas se le dilataban y contraían rápidamente mientras gotas de sudor frio escurrían sobre la cerosa textura que adquirió su piel. El sicario mostraba los dientes al mismo tiempo que jadeaba, haciendo evidente que le costaba trabajo respirar antes de estallar en un arranque de ira tras percatarse que lo estaba viendo sufrir. “¡Me largo de Aquí! ¡Haz lo que quieras!” gritó el sujeto antes de salir con paso apresurado de la oficina, no sin antes aquejar de un fuerte dolor justo en el umbral, obligándole a recargarse un momento antes de continuar con un paso más lento. Era evidente que los mordiscos que le dieron le causaban demasiado dolor.
Como dije antes, mi inteligencia criminal era nula y en ese momento el miedo invadió mi cuerpo, pues el tremendo eco que causaba en la oficina así como en el vestíbulo los golpes de mi jefe, me hicieron recordar que estaba solo en un edificio lleno de cadáveres por lo que, en cuanto escuche un quejido proveniente de la oficina donde se encontraba el colega que peleó con uno de los que mordió al sicario, salí pitando hacia el elevador. Al apretar los botones con furia y velocidad pude ver de reojo como la puerta de las escaleras de emergencia volvían a cerrarse, evidenciando que el sicario bajó por ellas tal vez pensando en pasar desapercibido o que el elevador tardaría en abrir sus puertas más de lo que lo hizo. De inmediato pulsé el botón del lobby seguido de una repetición incansable y a alta velocidad del botón para cerrar la puerta del elevador, obligando a las puertas a cerrar a la vez que veía como una sombra tambaleante salía del despacho.
La adrenalina me hizo temblar al salir de mi cuerpo de a poco debido al estado de relajación en el que entré tras sentirme seguro dentro de la cabina metálica, pero un nuevo pico hizo sobresaltar todos mis sentidos cuando el elevador se detuvo a medio camino. Instintivamente busque algo con que defenderme, encontrando solo la pluma fuente que guardaba bajo mi saco, algo que, de haber estado en otras circunstancias, habría sido ilógico pues hasta ese momento no conocía ninguno de los peligros a los que me enfrentaría. Solo fui sugestionado por las historias del sicario.
El piso 6 fue donde se detuvo el elevador al igual que lo hizo mi corazón tras observar cómo se abrían las puertas lentamente, dejando pasar una sombra en estampida cuando el espacio alcanzó a tener la holgura necesaria para que una persona pasara. Estuve a punto de apuñalarla al igual que ella lo estuvo conmigo. Era una oficinista rubia de una empresa de contabilidad a quien vi algunas veces en el lobby gracias a la despampanante figura que portaba en su ajustado traje sastre. Era una chica de alrededor de unos 22 años y sus ojos verdes me miraban con furia mientras sostenía un abrecartas afilado, amenazando con clavármelo. Una de sus manos estaba vendada de una forma extraña ya que lucía como si le faltara un dedo. Ella gruñó al hacerme a un lado como si hubiera comprobado algo en mí para poder presionar el botón de cierre de la misma forma que lo hice yo, como si ella estuviese huyendo de algo. Tal vez ese algo eran los gritos que alcance a escuchar antes de que las puertas volvieran a cerrarse.
“¡Maldita sea!” gruñó mientras hacíamos nuestro camino al lobby antes de que me explicara lo que sucedió en su piso. Al parecer, alguien con una grave herida entró a la oficina y atacó a quienes se encontraban laborando en ella, incluyendo a la rubia quien se identificó como Laura. Al parecer, Laura fue de las primeras que intentó auxiliar al herido, quien exhibía un desgarre tan profundo en el estómago que algunos de los intestinos colgaban de este. Ella maldijo su generosidad mientras narraba la ingratitud de sujeto pues aprovecho el momento de su auxilio para arrancarle el dedo meñique de la mano izquierda. “¡El muy hijo de puta se lo tragó!” dijo la oficinista usando un lenguaje que parecía poco propio de ella.
Ella corrió lejos del herido mientras otros trataban de sujetarle y sus compañeras le atendían para parar la hemorragia, lo cual fue una muy mala idea pues el sujeto atacó a varios de los hombres de la oficina, dejándoles heridas que muy bien podrían haber sido mortales. Lo extraño de esos ataques fue que, después de lo que serían algunos agonizantes segundos, sus compañeros se retorcieron en el suelo antes de volverse a levantar pesadamente. El caos fue inmediato pues sus compañeros atacaron a otros cuando se levantaron, organizando una carnicería desenfrenada de la que Laura huyó justo en el momento que yo tomaba el ascensor. Ella tomó de inmediato el abrecartas del escritorio de la secretaria y se lanzó hacia el vestíbulo donde logró alcanzarme. “Lo bueno es que no es de noche” dijo con un sarcasmo inidentificable para mí, lo que provocó que contestara con extrañeza que estaba amaneciendo. Ella rió con fuerza pues hice referencia a algo que yo no alcanzaba a comprender.
Le propuse que subiéramos a mi auto nada más llegáramos al lobby, a lo que ella aceptó pues según sus palabras, ella vivía sola en esa ciudad tras irse de casa de sus padres al otro lado del país. Y así fue, en cuanto llegamos a la planta baja del edificio donde lo surrealista de las cosas nos volvió a alcanzar ya que uno de los recepcionistas estaba luchando contra un sujeto, un indigente al parecer, quien trataba de morderle con vehemencia. Me congelé a medio camino hacia el exterior, pensando si debía ayudarlo en contra del hombre tan demacrado que, tras un vistazo rápido, comprobé que le faltaba la mitad del rostro y un ojo. Ese momento de duda fue determinante para el recepcionista pues un grito de auxilio quedó ahogado cuando el indigente logró clavar sus mandíbulas en su cuello, arrancando parte de la carótida y la tráquea, de donde brotó una gran cantidad de sangre que se estrelló en el muro que estaba detrás.
“¡No puedes ayudarlo ya! ¡Vamos!” gritó Laura al arrearme, no sin antes comprobar que los otros recepcionistas, quienes probablemente fueron abatidos por el indigente, se levantaban pesadamente de los charcos de sangre que dejaron en el suelo. Salimos a todo galope hacia mi auto, subiendo de golpe y arrancando como si estuviera participando en una carrera de un cuarto de milla. Creo que incluso rayé un poco la pintura al chocar con el auto que se encontraba estacionado frente a mí. Bueno… ahora ya no importa.
La luz de la mañana me permitió ver lo que realmente sucedía en las calles pues poco pude avanzar a toda velocidad cuando quedamos atrapados en un mar de gente. Debería describirlo mejor como un caos ya que todos los peatones corrían por todos lados haciendo parecer a un hormiguero una orquesta donde reinaba el orden. La velocidad que llevaba el auto aún era bastante buena pero lo suficientemente lenta como para darnos el lujo de apreciar como varios de los negocios que se encontraban a cada lado de la calle eran saqueados por una variopinta muchedumbre. Podrías haber visto a un indigente robar varias bolsas de pan blanco al mismo tiempo que un CEO entraba para llevarse todo el café que pudiera. Era algo bastante surrealista. “Llévame al hospital” dijo Laura entre quejidos, sacándome del ensimismamiento que provocó el paisaje a nuestro alrededor, mostrando lo que al principio creí eran síntomas de un shock.
Ella había perdido un poco del color de su piel, probablemente a la baja de presión por la herida en su mano la cual también debía ser la culpable de las mil y una gotas de sudor que caían desde su frente perlada. Aproveche rápido para tocar su frente y noté que estaba ardiendo, algo que de acuerdo a mis escasos conocimientos de medicina era algo inaudito. Incluso si fuese una infección no mostraría síntomas tan rápido. Al menos no con una enfermedad normal. Decidí llevarla al hospital donde mi hermana y padre se encontraban pero, en cuanto doble en una esquina, el cristal de mi lado se estrelló dándome un tremendo susto y provocando que chocara contra un poste de iluminación. La velocidad era alta y las bolsas de aire se activaron protegiéndonos del impacto, sin embargo, el golpe logró desorientarme a tal grado que cometí la gran estupidez de bajarme del auto.
Veras, soy un abogado perteneciente a una de las grandes firmas de la ciudad y puedo ser noble, más no soy estúpido. Nunca he debido ni temido nada, pero nunca está de más prepararse para cualquier eventualidad por lo que mi auto era blindado. Podía resistir el embate de un calibre 45 pero el mero sonido del cristal estrellándose me hizo perder los estribos. Preparé mi auto más no mi mente. Por eso no caí en cuenta que el vidrio se estrelló porque creyó que la mejor manera de hacerse de mi flamante auto era dispararme por lo que, cuando me baje e intenté ayudar a Laura para hacer lo mismo, no anticipe el tacto caliente de cañón de una pistola en mi nuca. El cabello se me erizó por completo y casi estuve a punto de ensuciar mis pantalones cuando escuche a un hombre gritar. “¡Quítate de ahí!” gritó el hombre mientras Laura descendía a gatas del auto y yo hacía mi mejor imitación de un mimo.
Cuando la chica estuvo completamente afuera del auto el hombre, un sujeto blanco, rapado y con sobrepeso, le observó como si fuese un filete recién sacado de la parrilla o como un perro esperando su comida. Puedo imaginarme lo que pensó ya que ahora puedo admitir que yo también lo pensé al verla. Afortunadamente para Laura, la libido de aquel hombre se esfumó cuando vio la herida en su mano, provocando tal disgusto que el sujeto la empujó para subir al auto. Mi precioso auto arrancó sin problema y solo pude ver como se empezaba alejar de nosotros mientras escuchaba los reclamos de mi acompañante, remarcando la poca inteligencia y hombría que tenía al permitir que se lo llevara. “¡Eres un marica!” dijo la rubia justo cuando apreté el botón del control que llevaba en mi bolsillo, una suerte de artilugio que dejó electrónicamente inutilizable al auto tan solo una cuadra más adelante. Era una pequeña venganza pero a mí me supo a gloria.
De cerca y a pie, el caos se sentía mucho más peligroso, casi como si las personas se hubieran vuelto animales y notaran que éramos extraños en su territorio. “¡Necesitamos salir de la calle!” dijo Laura al apretar mi brazo y colgarse de él a la vez que lanzaba una mirada suplicante, no sé si por el dolor que sentía o la urgencia de ponerse a salvo. En ese momento el plan del hospital era algo inviable por lo que decidí llevar a Laura a mí departamento, del cual estábamos mucho más cerca.
Corrimos a través de las calles y mientras lo hacíamos logré sentir como el paso de Laura se hacía cada vez más pesado, como si la fuerza se le estuviera yendo. En ese momento pensé que era algo lógico pues la pérdida de sangre no era una broma, pero estaba muy lejos de entender lo que realmente sucedía. La premura de atender a Laura era tal que no me di cuenta de la rapidez con la que escaló en violencia todo lo que sucedía en las calles pues no  solo la gente estaba robando, sino peleando entre sí, incluso con los policías. Creo que hasta se estaban matando entre sí. Ahora que lo pienso, no sé cómo pude estar ciego ante las advertencias porque tengo la seguridad, al menos entre recuerdos, que las noticias hablaban sobre disturbios en las zonas pobres que habían sido contenidos, ataques caníbales y cosas por el estilo. Notas que consideraba como “rojas” y que decidí no atender por su naturaleza alarmista. Fue un completo error. Si hubiera puesto más atención habría sabido que no solo llevar a Laura conmigo era una mala idea, sino también el ir a mi departamento. Tal vez habría sobrevivido si hubiera ido con mis padres.
En fin. Laura y yo llegamos a mi edificio, donde la planta de emergencia pudo ser puesta en marcha sin problemas. Ambos accedimos al elevador después de que el sensor de proximidad detectara la tarjeta en mi cartera y abriera sus puertas. En ese momento yo ya llevaba a cuestas a la chica, quien se recargó un momento en una de las paredes del ascensor para descansar. Su mano estaba repleta de sangre, algo que indicaba que la herida no cerraba o una arteria estaba expuesta. No era médico, lo repito, pero lo segundo me parecía lo menos probable pues de haber sido así, habría muerto en minutos ¿No? Lo que nunca pude aclarar era si la huella de sangre, con la forma de una mano dentro del elevador, le pertenecía o era un aviso de las malas noticias que descubriría más tarde.
Llegamos a mi departamento que, afortunadamente tiene como único acceso el elevador. Bueno, salvo las escaleras de emergencia pero solo podían ser activadas en un siniestro o por un corte de luz. La exclusividad que algunos arquitectos daban a esos departamentos resulto ser fatal para muchos.
Rápidamente me dispuse a cambiar el arbitrario vendaje que Laura había colocado sobre su herida tras dejarla en uno de los bancos del desayunador y correr por el botiquín de primeros auxilios. No es por nada pero muchas horas fui el conejillo de indias de mi hermana por lo que, al menos, se atender una herida leve, que la pérdida del dedo no era nada cercano a leve, pero era lo único que podía hacer en esos momentos y tan lejos de un hospital. Para mí era extraño ver el muñón donde antes estaba su dedo pues, además de que seguía sangrando profusamente, algunos coágulos de color negro habían empezado a “taponear” la herida. Estos tenían una especie de cresta o corona de color blanco, lo cual me indicaba que probablemente se trataba de una infección pero de nuevo, no era médico así que no podía saber si se trataba de un hongo, bacteria o un virus. Además ¿Qué abogado puede lidiar contra un microorganismo que infecta tan rápido la sangre que crea colonias sobre coágulos frescos? ¿No es que pudiera demandarlo o sí?.
No negaré que me quedé embelesado por la desastrosa herida de la chica, quien tuvo la fuerza para darme una fuerte palmada en la cabeza para hacerme salir del trance y continuar con mis deberes de enfermero. En ese momento no me dio miedo la fuerza de Laura, que en realidad era poca, sino la apariencia que había adquirido en tan pocas horas después de haber sido infectada. Y claro, en ese momento ya suponía que tenía algo en la sangre pues escuche muchas veces decir a mi padre que la boca humana era lo más cercano a un retrete andante haciendo referencia a la innumerable cantidad de bacterias que portamos, las cuales me dispuse a erradicar con agua oxigenada a pesar de las suplicas de la chica. El dolor casi hizo que perdiera la consciencia y el grito que profirió por poco perforó mis tímpanos, pero después de escuchar la boca de aquella bella mujer convertirse en una cloaca supe que, al menos, estaba un poco mejor. Debí prestar más atención pues la herida no hizo espuma como se acostumbraba.
Laura no quiso probar alimento pues decía tener demasiadas náuseas y en lo personal mi estado de ánimo estaba tan bajo que no deseaba cocinar por lo que, tras charlar un poco, ayudé a Laura a recostarse en mi cama mientras yo me quedaba en la sala “monitoreando” los canales de noticias para saber la situación de la ciudad. Fue sorprendente ver como toda fuerza había abandonado el cuerpo de la mujer, obligándome a cargarla como un enorme trozo de carne que es llevado al frigorífico de un restaurante. La recosté y dejé una cubeta cerca, digo, soy un buen samaritano y lo que sea, pero no iba a limpiar el desastre que pudiera salir del estómago de aquella “delicada” flor. Tuve razón de hacerlo pues en cuanto llegué a la sala y encendí la pantalla para ver las noticias, pude escuchar como regurgitaba lo que fuera que tuviera en el estómago. Probablemente pizza fría o algunas frituras ya que durante la pequeña conversación que tuve con ella, donde me comentó sobre su estilo de vida tan desordenado y la localización de su departamento a dos cuadras de la clínica de mi padre, pude entender que Laura no era del tipo “hogareña”.
Trate de no darle importancia. Vamos, traté de olvidar que una chica hermosa, por muy enferma, desaliñada y sucia que estuviera, no dejaba de ser una mujer de escultural figura. Tenía que olvidar todo eso, incluso al matón de mi oficina pues la gente estaba atacando a la gente, devorándola y arrancando trozos de carne de quienes podían. En ese momento todas las películas de clase B que vi en mi vida comenzaron a formar una palabra en mi mente, una idea, pero traté de rechazarla debido a que en ese entonces, al menos para mí, la muerte era “LA MUERTE” y no había regreso de ella. Hasta ese día.
Las noticias no trajeron consigo cosas buenas porque todo lo que hacían era esparcir rumores, fomentar el pánico, aplacar el pánico con mentiras a modo de paliativos o evadiendo la realidad calificando los ataques como “eventos aislados de violencia” así como el desorden en las calles como “actividades delictivas relacionadas a la delincuencia organizada”. ¡Por favor! No podían ser más obvio. Claro, la vieja Núñez, una anciana adorable que cuidaba a los niños de algunos inquilinos del edificio era una gánster consumada cuando la vi en la calle, cuando cargaba a Laura y nos apuntaba con una escopeta. Parecía la abuela de Rambo. ¿De dónde habrá sacado esa arma?
La única noticia que me pareció lo suficientemente veraz como para poder ponerme en acción, o por lo menos intentarlo, fue un reporte sobre un “linchamiento masivo” o “saqueos descontrolados” en la clínica donde trabajaba mi padre. Ver cientos de “enfermos” entrar, romper las ventanas y las puertas mientras devoraban a quien se atreviera a cruzarse en su camino fue espeluznante, tanto que casi me atrevo a salir pero, de nuevo, la fantasía de la filmografía mediocre de la década más comercial del cine me hizo titubear. Primero puse de excusa a Laura, diciendo que no la podría dejar sola en mi departamento, primero porque no la conocía y “podía robarme” pero después transformé mentalmente la excusa para decirme a mí mismo que estaba enferma y no podía dejarla sola.
Mis dudas me detenían a cada paso por lo que mi ir y venir de la cocina a la sala debió despertar a Laura… o lo que fuera en lo que se había convertido. Estaba “armando” una mochila de supervivencia con vendas, atún en lata, whiskey y otras cosas tan innecesarias que ahora que lo recuerdo me da risa saber que tan estúpido era mi proceder. ¡Claro! Podría abrirme paso entre toda esa multitud arrojando latas de atún. Cuando saque un enorme cuchillo para carne de la estantería de mi cocina pude ver en el reflejo del metal la sombra de alguien que avanzaba desde mi habitación.
Primero me sobresalte, obviamente, pues era un cobarde por naturaleza, al fin, un abogado. Después reconocí la silueta de Laura quien caminaba de manera parsimoniosa por el pasillo. De inmediato me excuse ya que pensé que ella creía que la iba abandonar, diciéndole que no se preocupara, que volvería después de rescatar a mi padre (Tan valiente yo) pero todas estas palabras se diluyeron en el aire cuando el semblante de ella se hizo visible a la luz. Su piel era algo así como un tornasol acartonado y opaco donde el verde obscuro, purpura, azul, gris y blanco se fundían así como lo hacía la nata blanca que cubría sus ojos y chorreaba por las comisuras, combinándose con sangre negruzca, hasta la boca donde emanaba una sustancia negra y viscosa similar al aceite automotriz. De inmediato pensé “¡Está infectada de lo que sea que anda suelto!” justo en el momento que se abalanzó con sus garras hacia mí.
Debo decir que no me siento orgulloso de atacar a una mujer pero en mi defensa, mi reacción fue instintiva cuando le clave en la clavícula el cuchillo de carne justo hasta el mango. A cualquiera lo habría detenido pero a ella, bueno, si era una fiera en vida lo era después de lo que sea que le ocurrió porque no hizo caso a la herida y se estampó contra mí con toda su fuerza. Nos revolcamos en el piso, rompimos cristales y destrozamos muebles mientras ella intentaba clavar sus dientes en mí, obligándome a usar toda la fuerza que tenía para alejarla. Debí haber ido al gimnasio por lo menos alguna vez.
Logré separarla de mí con una patada, haciéndola caer sobre su brazo derecho y escuchando un sonoro crujido, de nuevo, cometí el error de humanizar a aquella cosa pues me preocupe de inmediato y me acerque solo para ver que la pobre, al aterrizar en un ángulo incorrecto, había quebrado su brazo, exponiendo el hueso y manchando el piso con el brebaje negro que tenía por sangre. Un zarpazo a escasos milímetros de mi rostro me hizo reaccionar violentamente hacia atrás, tropezando con la mesa de centro y aterrizando con todo mi peso sobre el cristal de un ventanal. Por suerte eran reforzados por lo que solo se astillo como una telaraña y alcanzó a sostener mi peso, dándome un respiro de lo que pensé habría sido mi último aliento. Debí ocupar el segundo en el que suspiré para quitarme de ahí pues ese fue el instante que Laura aprovecho para lanzarse sobre mí y no solo clavar sus mandíbulas en mi cuello, sino rompiendo el cristal por completo y lanzándonos al vacío.
Muchos tendrán historias sobre como sobrevivieron durante días, semanas incluso meses, por lo que les debe de dar risa el saber que yo no logré sobrevivir ni un solo día a la infección al cometer todos los errores que un idiota novato puede cometer. ¿Qué puedo decir? Soy un abogado. O era. Si hubiera sido un poco más feroz como la mujer que alcance a ver durante nuestra caída, quien se defendía de sus hijos convertidos con un palo de escoba roto o el policía que vi directo a los ojos antes de golpear el concreto, tal vez habría sobrevivido mucho más. Ya no importa y no importaba en esos momento pues no podía dejar de ser un idiota ya que lo único que pasaba por mi mente eran los casos del próximo mes, la dama de compañía que visitaba de vez en cuando o la secretaria de otro despacho con la que me acostaba de vez en cuando para obtener secretos de mis adversarios. No. Justo en ese momento cuando mi cabeza sintió el primer contacto con el concreto del suelo, lo único en lo que pensaba era el desperdicio que era la muerte de Laura ya que era tan hermosa y podía jurar que los senos que sentía presionar contra mi pecho eran reales. ¿Eso me hace una mala persona? Creo que no pues… ese día morí.


R. O. WILLIAMS

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