CAPITULO 1
EL ABOGADO.
Ese día morí. Habría sido un jueves como cualquier otro pero
¡Hey! Llevaba tan solo unas horas, encerrado en mi departamento debido a esa
tontería que después se convertiría en la peor pesadilla de mi vida… y la
última. ¿Quién se puede preparar tan rápido para algo así? Mi nombre era John y
si, como cualquier otro John del planeta, a excepción de los más famosos, mi
vida era bastante promedio como abogado aunque gracias al trabajo duro y
algunos clientes medianamente adinerados había logrado hacerme de un cómodo
departamento en el centro de la ciudad, con un lugar de estacionamiento donde
“descansaba” un automóvil no muy caro pero que era la envidia de algunos de mis
vecinos. Incluso el Sr. Richards, vecino de mis padres a quienes visitaba con
regularidad a las afueras de la ciudad, le lanzaba una que otra mirada de
desdén a la reluciente pintura de mi auto rojo de ocho cilindros. Comentarios
como “gasta demasiada gasolina ¿No?” o “Esperemos no estés tratando de
compensar algo más” eran la regla cuando conversábamos fuera de casa de mis
padres y comenzaba a hablar de lo bien que me había ido en la vida; obligándolo
a responder de esta forma después de patear el polvo de la acera y lanzar una
mirada de frustración a este. No me importaba en realidad. Todos tenemos esa
pequeña vocecilla muy dentro, junto al ego, que nos felicita cuando alguien
tiene ese tipo de actitudes hacia nosotros, aunque conscientemente no nos guste,
es el plato favorito de nuestra soberbia.
También lo era el de mis padres ya que algunas veces, antes
de que pudiera pronunciar palabra, el Sr. Richards interrumpía diciendo “si,
si, ya me han contado tus padres” urgiendo por temas más mundanos donde se
sintiera más nivelado y que no corriera con la mala suerte de encontrar algo de
lo que no pudiera conversar conmigo. Simplemente mis padres disfrutaban de
presumir de uno más de sus muy exitosos hijos. Claro que el Sr. Richards tenía
dos hijos; una bellísima y muy amigable hija cuyas noches y las propias
coincidieron más de una vez, afortunadamente, y un hijo que sería más que un
rebelde de la música cuya vida había sido ir de estación de policía en estación
de policía, algunas adicciones leves y una banda de heavy metal de una fama
creciente. Algo que a ojos de nuestro vecino no sería de alardear y que
prefería evitar hablar de ello con el resto de las personas. Tal vez si hubiera
presumido un poco más a sus hijos desde el principio habrían resultado en otro
tipo de personas con el tiempo pero ¿Quién soy yo para decir a otra persona
como educar a sus hijos? Más bien ¿Quién era?
El día anterior a que todo comenzara había ido a casa de mis
padres, obviamente conduciendo mi auto rojo, pasando por la casa de Sr.
Richards quien saludaba con una risa fingida hasta la entrada de la casa de mis
padres donde mi hermana y mi hermano ya me esperaban para hacer la entrada
triunfal los tres juntos. Fue increíble que un médico y un arquitecto pudieran
encontrar el tiempo para llegar antes que yo.
Mis padres nos recibieron con los brazos abiertos y la mesa
puesta con una cena exquisita, producto de las viejas pero no torpes manos de
mi madre quien siempre aceptaba como paga las sonrisas de todos después de
comer. No es por alardear pero la comida de mi madre era tan buena que incluso
mis sobrinos, hijos de ambos hermanos que no superaban los 11 años, comían sus
vegetales sin problemas. La sobremesa transcurrió con las preguntas frecuentes,
casi todas hacia mí, pasando del “¿Qué sucedió con aquella chica?” hasta llegar
al “¿Cuándo es que te vas a casar?” o “¿No piensas darnos nietos?”. Siempre me
gustó la preocupación de mis padres en ese aspecto así que respondía con
algunas bromas a cerca de ello antes de que la conversación se fuera a temas
más “adultos” y serios. Mi hermana y mi padre compartían profesión así que, en
cuanto hubo la oportunidad, la conversación fue brutalmente dirigida hacia el
tema que andaba en todos los medios: aquella extraña enfermedad que
supuestamente había contagiado ya a miles. Primero fueron de mecanismos de
infección, tiempo de incubación y tratamientos antes de que nos incluyeran a
los restantes con palabras que los meros mortales pudiésemos entender. No es
que no las entendiera del todo, ya que fueron incontables las noches que mi
hermana pasó estudiando ese tipo de cosas acompañada de nada más y nada menos
que de su hermano pequeño.
Mi hermano, el arquitecto, sintió su ego en juego por lo que
pronto aportó un severo análisis de como la construcción de la ciudad y la
infraestructura afectaría los procedimientos de acción en dado caso que esa
enfermedad escalara a la magnitud de una epidemia o peor aún, una pandemia. Fue
una discusión llena de datos en la que yo solo prestaba atención de quien
lograba sacar el argumento más fuerte e irrefutable, intercambiando miradas y
risas de vez en cuando con mi madre que, desde que dejó de ser enfermera, no se
preocupaba por tales temas. Mi hermana no perdió eso de vista, acusándome al
instante con una pregunta que urgía mi opinión al respecto. “A una enfermedad
no se le puede demandar o ampararse contra ella, por lo que en estos momentos
creeré lo que ustedes tres me digan que puede pasar, solo traten de que no pase
cerca de mi departamento, por favor” fue mi respuesta antes de que un montón de
carcajadas inundaran aquel comedor que habíamos ocupado desde que éramos niños.
La tarde transcurrió con el mismo tema que, gracias a lo
vago de la información por parte de las autoridades y los crecientes rumores
alimentados por los medios de comunicación, tomó una innumerable cantidad de
vertientes las cuales fueron exploradas hasta donde la experiencia de cada uno
de nuestros ramos nos dejó analizar. Extrañare esa última taza de café que tomé
justo antes de despedirme de todos. Nunca podríamos estar juntos de nuevo.
Conduje hasta mi departamento esa noche. Ahora recuerdo que
logre ver más ambulancias y patrullas de lo normal pero que, debido al
creciente índice delictivo y a trabajo para mí, no se me hacía demasiado
extraño. Incluso no noté la falla del alumbrado público el cual iba y venía
mientras conducía bajo las sombras de los enormes edificios del centro de la ciudad,
ocultando algunas atrocidades que no serían reveladas hasta que llegara la luz
del día. Llegue al estacionamiento de mi edificio, el cual tenía una puerta
eléctrica automática de seguridad y cuya apertura respondía a un sensor de
proximidad instalado cómodamente en mi automóvil. Había escuchado del vendedor
que la puerta era reforzada y podía resistir los vientos de un huracán aunque
me parecía de lo más ridículo en ese momento puesto que estábamos más que
alejados de cualquier costa. Las cosas que hace la gente para vender.
La mañana siguiente llegó de forma extraña, ya que fue la
alarma de mi celular y no del despertador la que me hizo abrir los ojos;
obligándome a salir de la cama como un resorte sabiendo perfectamente que
llegaría tarde a mi despacho a pesar de que hiciera hasta lo imposible. Tenía
el sueño pesado y eso no fue culpa de nadie, por lo que me apresuré darme el
baño más rápido de mi vida, donde me di cuenta que la energía eléctrica había
fallado durante toda la noche, lo que explicaba la ineficacia del despertador. No
le di mayor importancia por lo que me apresuré, me vestí con un traje
completamente nuevo el cual había comprado unos días antes y a prepararme un
desayuno ligero. Los días que te sientas más abatido, vístete lo mejor que
puedas. Eso siempre ayuda. Pensé que mi suerte había cambiado cuando mi jefe me
llamó al celular, agradeciendo que pudiera explicarle la razón de mi retraso
pero pronto me vi abrumado por el tono de preocupación y rapidez al hablar de
él. Me explicó que no me presentara a la oficina, varios no lo harían y solo
pocos estaban ya en ella, que me encargara de avisarles porque en tenía que
hacerse cargo de algo importante. Decidí tomarme mi tiempo para desayunar
decentemente antes de ir a la oficina, algo que posteriormente agradecería. No
iba a desperdiciar el haberme enfundado en tan caro atuendo.
La energía eléctrica iba y venía mientras apuraba lo último
de mi desayuno e intentaba ver las noticias entrecortadas por la misma
situación. Entre todos esos trozos inconexos pude escuchar algunas cosas sobre
la “infección” como la llamaban, algunas cosas del gobierno y otras que
parecían disparates desde mi punto de vista. Pensé que tal vez mi día
transcurriría entre leer algún libro pendiente y las tareas del hogar; visitar
a mis padres o alguna otra actividad que encontrara entretenida y que no
necesitara de un flujo constante de electricidad. Para ello me di a la tarea de
eliminar cada uno de mis pendientes, empezando por llamar a la oficina y
hacerles saber a cada uno que no se presentaran. Me sorprendí mucho al
encontrar todos los números con el tono de ocupado, como si los hubieran
descolgado todos al mismo tiempo.
Creí que se debía a un malfuncionamiento del conmutador,
cosa que había pasado con anterioridad, por lo que, con el pesar que
caracteriza a una persona que estaba a punto de dedicarse a la pereza, tomé mi
saco y salí de mi departamento hacia el estacionamiento. Bajé cada escalón como
si en realidad estuviera subiéndolos y llevara mil de ellos detrás de mí,
maldiciendo el corte de electricidad que no permitiría usar los elevadores. Cuando
llegué al Lobby encontré al conserje y al portero discutiendo sobre cómo debían
de poner en funcionamiento la planta auxiliar de energía, algo de lo que me
arrepentiría después. Era información importante y la deje pasar.
Tomé las escaleras al estacionamiento y por supuesto, estaba
obscuro. Caminé a través de la penumbra con la ayuda de mi teléfono celular, no
sin dejar que la paranoia me atacara desde dentro haciéndome ver sombras y
escuchar sonidos en todos los rincones alejados de aquella caverna en la que se
convirtió el estacionamiento. Lo más probable es que no fuera solo mi
imaginación y algo verdaderamente me acechó desde la obscuridad sin animarse a
atacarme. Logre llegar hasta mi automóvil al cual entré presa del mismo pánico
que tenía a la noche cuando apenas llegaba a los 6 años, encendiéndolo a toda
prisa y dirigiéndome hacia la salida más cercana. Algún despistado había dejado
la puerta abierta, para mi disgusto y fortuna, porque así no tendría que bajar
para presionar el botón de acción mecánica y usar la cadena para abrir la
pesada reja en medio de la obscuridad; aunque debido a esto, cualquiera podría
entrar a nuestro “seguro”
estacionamiento.
Las calles de la ciudad en la que solía vivir eran
transitadas a diario por una cantidad enorme de personas. Las conversaciones
con mi familia a cerca del tránsito eran lo cotidiano cada que quedábamos para
vernos, comentando cosas como el tiempo de traslado o la practica inmovilidad
que tenía uno que sufrir durante horas si ocurría algún accidente en alguna de
las incontables calles de la traza reticular que dominaba esa urbe. Talvez
funcionalmente era lo mejor pero el espaciamiento entre cada una no era lo
indicado provocando que, con el crecimiento de la población, el bloqueo de una
esquina se volviera un infierno que envolvía al menos ocho cuadras a la
redonda. Mi sorpresa fue mínima y rayó en lo que podía ser algo de
autocomplacencia cuando encontré la mayor parte del camino a mi oficina
totalmente libre. Claro, uno que otro automóvil de pronto aparecía en el
camino, ya fuese andando junto al mío o detenido de forma poco ortodoxa junto a
la acera. Lo que más me molestaría al final es que, de haber sabido lo que esto
significaba hubiera tomado aquello como “señales” y habría salido lo más rápido
de la ciudad. pero el tiempo para hacerlo había sido antes de eso.
No se puede llorar sobre la leche derramada. Mucho menos
cuando no te has dado cuenta que has vaciado el cartón completo hasta que ya ha
sido demasiado tarde. Obviamente en ese momento no supuse nada malo, solo pensé
que seguía con mi racha de suerte de un día libre de trabajo combinado con la
hora exacta en que había menos que transito ligero en mi ciudad.
Fueron solo unos cuantos minutos los que tarde en llegar a
aquel enorme edificio acristalado, tan alto que parecía rasgar el cielo, con
una imagen obscura y solitaria, como si de hecho hubiera estado a la espera de
mi llegada. Y tal como el exterior, el lobby del edificio estaba totalmente
desierto. Fue ahí cuando algunas luces de emergencia comenzaron a encenderse en
mi cabeza pero asumí que, al estar abierta la puerta, el viejo recepcionista y
la hermosa joven ayudante que tenía probablemente se encontraban en alguna
oficina revisando algo. El eco que producían mis pasos al andar por el frio
suelo de mármol terracota hizo que mi camino hacia los elevadores fuera tan
veloz que si alguien me hubiese visto habría pensado que tenía la urgencia de
usar el sanitario. El instinto comenzaba a dominarme de a poco mientras el
miedo me invadía.
Por suerte, la planta de poder del edificio funcionaba de
forma autónoma por lo que el ir y venir de la energía eléctrica no era un
problema para el elevador que me recibió mucho más rápido de lo usual. Debes
comprender que, al estar en un edificio tan alto, los elevadores exprés que se
ocupaban eran como taxis o más bien autobuses que llevaban a todos los
oficinistas a sus pisos. Incluso algunos de estos elevadores solo atendían
ciertos pisos o se les programaba una ruta desde planta baja para ir solo a
niveles próximos a su primera parada. Es por eso que, cuando las puertas del
ascensor se abrieron casi de inmediato que toque el botón de llamada, mi
corazón al igual que mi mente emprendieron un viaje hacia el mundo de las
conjeturas sobre lo que podría estar pasando en realidad. Incluso llegue a
temer que se tratara de una plaga de chinches o piojos como un bromista intentó
hacer creer unos años antes.
Me apresure al interior del enorme elevador y presione
varias veces el botón del piso 13, donde se encontraba la oficina en la que
trabajaba, esperando con el corazón en la mano para que algún pobre diablo,
infestado de piojos o Dios supiera que, no pudiera subir y contagiarme. De
igual forma a cómo llegó, después del característico ding, el ascensor hizo su
camino hasta el piso 13 en unos cuantos segundos, algo tan fuera de lo normal
que me hizo hundirme en la paranoia de mis suposiciones a tal grado que saque
un pequeño pañuelo de tela color rojo que me regaló mi madre para taparme la
boca y la nariz. Generalmente el camino de todos los elevadores es interrumpido
por quienes los solicitan en pisos intermedios pero esa vez, nadie lo hizo.
Cuando llegué al piso donde se encontraba mi oficina, el
Lobby del elevador se encontraba intacto, incluso parecía como si fuera un día
completamente normal, pero la realidad de las cosas me esperaba escondida en la
obscuridad que se atisbaba detrás de la puerta de acceso que, inusitadamente, se
encontraba entreabierta. Claro que ese detalle no lo observe al instante, solo
hasta que llegue a la puerta y al intentar abrirla, terminó de hacer su
recorrido en la obscuridad con un simple empuje, haciendo que mis nervios
estallaran tan rápidamente que toda la piel se me erizó. “¿Qué demonios
sucede?” pensé. La realidad era que, la firma con la que trabajaba, tenía una
cartera variopinta de clientes; abarcando desde personas honradas que luchaban
contra las injusticias del sistema hasta acaudalados magnates de escrúpulos y
moral cuestionable que habían tenido algún “malentendido” con alguna secretaria…
o con alguna niña. No debería decirlo pero incluso tenemos como clientes a
algunos de los criminales más sobresalientes del país y del mundo.
Mil escenarios pasaron por mi cabeza ¿Algún cliente
insatisfecho cobrando “a la mala” la ineficacia de nuestros servicios? ¿Un
posible contrincante allanando nuestra oficina en busca de información
confidencial? ¿Un comando armado asaltando la empresa bajo órdenes del
gobierno? En ese momento mi consciencia, o creo que mi instinto de
supervivencia, me gritaba que saliera de ahí. “No seas estúpido John, sal de
ahí” decía, pero mi curiosidad fue mucho más grande y me hizo entrar en la
penumbra que dominaba la oficina. “Un vistazo no hará daño” decía. Un leve
olor, o sabor, a cobre en el aire me hizo urgir por el interruptor al instante
pues recordaba las palabras de un viejo sicario al que alguna vez defendimos de
la ley. Logramos disminuir la sentencia hasta el grado de no ser encarcelado ya
que era tan viejo y débil que daba lo mismo tenerlo en la cárcel que en su
casa. Él decía “el sabor de un asesinato es como si tuvieras una pila en la
lengua, sabor a cobre, es el sabor de la sangre” con una voz carrasposa y lúgubre.
Pensaba que solo eran delirios de un anciano de pasado reprobable pero cuando
reconocí el aroma, el pánico me domino.
Encendí la luz y desee no haberlo hecho tras la arcada que
me provocó al ver una escena de un crimen tan violento que haría que cualquier
asesino serial se orinara en los pantalones. Manchas de sangre y otras cosas
irreconocibles decoraban el piso y los muros como si los hubiesen ocupado como
un lienzo para una pintura de arte moderno o abstracto. Creo que hasta pude ver
algo que era parte de un intestino antes de vomitar mi desayuno sobre eso. Tomé
aire y dirigí mi mirada al techo, tratando de desviar mi atención para
recuperar la compostura, encontrándome con algunos agujeros de bala en el
plafón. Afortunadamente esto me tranquilizo, de alguna manera, pues centré mi
atención en descubrir el misterio que posiblemente estaba relacionado con la
carnicería que sucedió en el despacho. Regresé mi mirada al suelo y vi, para mi
pesar, que había ensuciado mis zapatos con mi propio desayuno. Zapatos
italianos, extremadamente caros, en una escena del crimen no funcionan.
Intenté limpiarlos con un trapo que encontré sobre el
mostrador de recepción, el cual muy probablemente pertenecía a la señora que
hacía la limpieza, pero cuando me incliné para hacerlo descubrí un rastro de
sangre que iba hacia la salida. Lo estudié y era el inequívoco rastro de un
cuerpo arrastrándose por lo que mi mente me llevó a pensar en la escena de un
asesinato y que habían arrastrado el cuerpo fuera de la oficina. “Podrían regresar”
pensé al ver que no habían limpiado nada del desastre que hicieron pero, al ver
el grado de este, recapacite pensando que aunque lo intentaran no podrían
hacerlo del todo. Me reprendí mentalmente al ver que, de forma estúpida, había
contaminado la escena del crimen con el contenido de mi estómago. De inmediato
levante el teléfono de recepción e intenté llamar a la policía mientras seguía
con la mirada el rastro de sangre. Lo mismo que al principio. El teléfono
estaba muerto. Mi atención se desvió del auricular cuando pude ver como el
rastro se convirtió en unas pisadas al final de este, junto a la puerta, las
cuales se internaban en el mármol terracota del vestíbulo del elevador, por lo
que no las había notado primero.
Salí al vestíbulo y noté la marca de una mano ensangrentada
en la puerta que llevaba a las escaleras de emergencia, lo cual picó mi
curiosidad por saber que se ocultaba detrás de ella. Retrocedí unos pasos
recordando el desastre que había hecho en la oficina y volví a ella para intentar
llamar de nuevo a la policía. “Ya contaminaste la escena de un crimen John, no
necesitas hacerlo de nuevo” pensé. Cuando llegué al auricular, un gruñido
proveniente de una de las oficinas me hizo detenerme como si me hubieran
congelado por completo. Era el miedo lo que me detenía pues hasta ese momento
creí haberme encontrado completamente solo. Revise con la mirada las cuatro
puertas de las seis oficinas que componían el despacho, e incluso di un vistazo
rápido a la lista de quienes estaban presentes, confirmando que solo había
cinco personas de las catorce que trabajábamos ahí y que solo una puerta estaba
abierta.
Mi instinto me gritaba que saliera de ahí pero, de nuevo, la
curiosidad me hizo adentrarme en la penumbra de la oficina que estaba abierta,
el archivo, para comprobar el origen del gruñido. Antes de cruzar el umbral, aquel
sonido gutural se escuchó nuevamente pero no fue lo suficientemente tétrico
como para hacerme huir. De hecho, había sonado como un quejido, como alguien
herido, y si necesitaba ayuda, me maldeciría por el resto de mi vida si no
ayudaba.
Abrí la puerta y me topé con el cadáver de la secretaria,
Lucy, una pelirroja de tremendas curvas, recostado sobre el de un tipo vestido
completamente de negro y cuyo rostro lo cubría un pasamontañas. El sujeto
sostenía un arma y estaba completamente seguro de que era el responsable de los
agujeros en el techo y el de la cabeza de Lucy. Fue extraño ver que la
mandíbula de la pelirroja estaba trabada en el brazo derecho del hombre, quien
acusaba de tener más de un mordisco sobre su cuerpo. Más al fondo, sobre una
mesa, la sangre que salía del cuerpo de la señora que hacía la limpieza, Sasha,
manchaba algunos expedientes. La causa de la muerte parecía la misma: un
disparo en la cabeza. Ambas mujeres parecían haber muerto el mismo día, pero su
piel amoratada les daba el aspecto de haber muerto mucho antes.
Quise acercarme a Sasha para inspeccionar más de cerca su
cuerpo pero el gruñido que había escuchado antes me detuvo. Era el hombre del
pasamontañas. Estaba vivo y necesitaba ayuda, aunque primero pensé en atarlo,
mi primer instinto fue comprobar sus signos vitales los cuales eran
completamente normales. La verdad es que fui un abogado honesto y la
inteligencia criminal siempre me falló, por lo que lo primero que hice fue
levantar el pasamontañas para verificar la identidad del hombre en lugar quitar
la pistola de sus manos antes. Comprobé que el hombre era un sicario al
servicio de un delincuente cuyo caso perdimos unos meses atrás y que era famoso
por realizar ajustes de cuentas así como recuperar información. De nuevo, en
lugar de salir huyendo, maldije en voz baja a mi jefe por haber tomado ese caso
ante de sentir el frio del acero junto a mi cien. “Quítate de encima, idiota”
dijo el hombre con los ojos cerrados.
“¡No me mates!” suplique mientras los dos nos incorporábamos
notando que Lucy seguía “prendada” de él. Me pidió ayuda apuntándome con la
pistola y lo único que pensé fue tirar de la cabeza del cadáver de la pelirroja
antes de cualquier réplica del sicario. Casi me mata entre maldiciones cuando
los dientes de la recepcionista le arrancaron un buen tajo de carne. Las cosas
se calmaron pronto y el sicario se dirigió a la puerta, observando hacia los
lados como si estuviera ocultándose de alguien… o algo. Le pregunté qué hacía
ahí y solo se rió antes de responder que estaba ahí por un ajuste de cuentas
con mi jefe. “Pero el maldito lugar ya era un caos cuando llegue” explicó
mientras narraba una escena que me era inverosímil.
Resulta que él llegó por la escalera de emergencia tras
sobornar al recepcionista, llegando a la oficina que, por algún motivo, estaba
abierta. Escuchaba gritos pero no le importó en nada pues el sicario pronto los
acallaría. Cuando entró, encontró a mi jefe luchando con Sasha quien no le
soltaba el brazo, el cual le estaba mordiendo con fuerza, ayudado de Lucy quien
aquejaba una herida en el hombro. Dijo que dos de mis colegas estaban peleando
y se adentraron en una oficina por los forcejeos mientras que otro se encontraba
sentado en el suelo como si lo hubieran noqueado.
No se molestó en detalles. Solo dijo que entró en la oficina
rápidamente y retiró a Sasha de encima de mi jefe para arrojarla a la oficina
del archivo, llevándose un gran trozo de carne con ella. Lucy le atacó de
inmediato, golpeándolo con una engrapadora, y como nunca tuvo paciencia para
las mujeres pues no eran de su gusto, le reventó el cuello y la arrojó dentro
del archivo. Dijo que mi jefe se desangraba como un puerco en el suelo y le
divertía un poco que sus propios empleados hubiesen hecho el trabajo. Solo
tenía que esperar a que mi jefe muriera y no habría problema pero uno de mis
colegas, el que estaba peleando con el otro, salió de la oficina y le arrancó
un trozo de carne del brazo izquierdo. “Lo envié de un puntapié a una de la
oficinas y lo encerré” dijo molesto al tocar la herida que aun sangraba antes
de continuar con el siguiente ataque, que vino de mi jefe el cual le había
arrancado un trozo de muslo. Mi jefe era un hombre muy gordo, por lo que
incorporarse le era difícil, pero algo le indicó al sicario que no era él mismo
cuando se levantaba como si estuviese enfermo.
Las cosas se tornaron aún más difíciles cuando, de reojo,
observó a otro de mis colegas intentar incorporarse con una enorme herida den
el estómago. “Te juro que podía ver sus intestinos colgar” dijo mientras se
recargaba en el escritorio de la recepción. Cerró la oficina de mi colega y
encerró a mi jefe en la suya, sin antes llevarse un nuevo mordisco y cuando
estaba dispuesto a salir pitando de ahí, las garras de Lucy y Sasha le
arrastraron hacia la penumbra del archivo. Hubo una batalla entre disparos y
mordiscos, pero al final el venció. “Y aquí estamos” el sonido de su pistola
cortando cartucho finalizó su relato. Por un momento pensé que me mataría pero
al ver que enfundaba su pistola y encendía un cigarrillo dándole una buena
calada quedé mucho más tranquilo. No tuve el valor de decirle que no estaba
permitido fumar en interiores pero si pude preguntarle el motivo de su
presencia en mi oficina.
“Así que el maldito salió arrastrándose” dijo al observar el
rastro de sangre refiriéndose al colega que, según él, tenía los intestinos de
fuera. Insistí en mi pregunta obligándole a contestar a regañadientes que
estaba ahí para recuperar información, no para su jefe anterior, sino para un
acaudalado dueño de una farmacéutica el cual necesitaba que recuperara algunas
cosas y se deshiciera de mi jefe. El perfil del sujeto que mencionaba se me
hacía conocido pero poco sabía de él pues era un cliente relativamente nuevo
que, de acuerdo a sus palabras, se trataba de unos archivos sellados con el
logotipo de una compañía muy famosa. Los asuntos que llevábamos para ese
cliente eran relacionados a algunos monopolios, pues poseía muy buena parte del
mercado farmacéutico y comenzaba sus andadas en el campo de la fabricación de
armas para el gobierno, además de algunos casos de accidentes de trabajo que
iban desde caídas y torceduras así como muertes por la exposición a algún
contaminante no determinado. Según nuestro cliente, este último alegato era
completamente falso y era nuestro deber desmentirlo.
“Pues así son las cosas, chico” dijo el hombre con un
marcado acento irlandés al encaminarse a la oficina de mi jefe pero, en cuanto
estuvo a punto de tocar el picaporte, un gran estruendo sacudió la puerta. El
rostro del sicario se tornó aún más blanco que el color que ya poseía su piel, casi
como si hubiera visto un muerto levantarse de su tumba. Yo había creído por su
historia que mi jefe estaba muerto pero si la secuencia había sido correcta,
era mi jefe el que estaba golpeando la puerta sin cesar, lo que de inmediato me
obligó a intentar ayudarle. “¡Espera!” exclamó el hombre deteniéndome ante la
puerta, “¡Esto no puede ser posible!” dijo con terror en sus ojos antes que le
preguntara el motivo de sus preguntas. Sus razones parecieron inverosímiles en
ese momento pues entre el cantinfleo solo pude entender que él creyó muerto a
mi jefe antes de encerrarlo en la oficina, si eso era posible claro está,
alegando que se había levantado de la tumba como un come hombres. Me hizo la
pregunta más extraña al querer comprobar si sabía hacia donde abría la puerta
de su oficina y claro que lo sabía pues, para ahorrar espacio, el arquitecto
que diseño nuestro despacho hizo que abriera hacia dentro.
La respuesta que di me hizo dudar a cerca de lo que decía el
sicario, pues si el abatimiento de la puerta era hacia dentro ¿Por qué mi jefe
golpeaba la puerta urgiendo por salir? Si estuviera en pleno uso de sus
facultades la halaría y saldría. También pasó por mi mente que su oficina
estuviera cerrada con llave pero el mecanismo de apertura de la cerradura
estaba igualmente de su lado. ¿Qué acaso mi jefe perdió el sentido común tras
esa batalla? Me preguntaba en el momento que el sicario me suplicaba dejarle
dentro haciendo referencias a películas de clase b, lo cual al momento me
pareció de mal gusto ya que jamás me agradaron y me parecían una pérdida de
tiempo. Ahora me arrepiento de no haberlas visto pues tal vez mi futuro habría
sido otro. Pero en ese momento no sabía nada más que lo surreal que era ver el
terror en un hombre de rostro duro, un criminal forjado entre la pólvora y la
sangre flaqueando ante el miedo de lo que él creía como un ente antinatural.
De alguna extraña forma, la situación emocional en la que se
encontraba le hizo obtener una apariencia algo extraña, pues en el corto tiempo
que habíamos estado juntos su salud cayó de manera visible. Los ojos se le
habían puesto ojerosos y las pupilas se le dilataban y contraían rápidamente
mientras gotas de sudor frio escurrían sobre la cerosa textura que adquirió su
piel. El sicario mostraba los dientes al mismo tiempo que jadeaba, haciendo
evidente que le costaba trabajo respirar antes de estallar en un arranque de
ira tras percatarse que lo estaba viendo sufrir. “¡Me largo de Aquí! ¡Haz lo
que quieras!” gritó el sujeto antes de salir con paso apresurado de la oficina,
no sin antes aquejar de un fuerte dolor justo en el umbral, obligándole a
recargarse un momento antes de continuar con un paso más lento. Era evidente
que los mordiscos que le dieron le causaban demasiado dolor.
Como dije antes, mi inteligencia criminal era nula y en ese
momento el miedo invadió mi cuerpo, pues el tremendo eco que causaba en la
oficina así como en el vestíbulo los golpes de mi jefe, me hicieron recordar
que estaba solo en un edificio lleno de cadáveres por lo que, en cuanto escuche
un quejido proveniente de la oficina donde se encontraba el colega que peleó
con uno de los que mordió al sicario, salí pitando hacia el elevador. Al
apretar los botones con furia y velocidad pude ver de reojo como la puerta de
las escaleras de emergencia volvían a cerrarse, evidenciando que el sicario
bajó por ellas tal vez pensando en pasar desapercibido o que el elevador
tardaría en abrir sus puertas más de lo que lo hizo. De inmediato pulsé el
botón del lobby seguido de una repetición incansable y a alta velocidad del
botón para cerrar la puerta del elevador, obligando a las puertas a cerrar a la
vez que veía como una sombra tambaleante salía del despacho.
La adrenalina me hizo temblar al salir de mi cuerpo de a
poco debido al estado de relajación en el que entré tras sentirme seguro dentro
de la cabina metálica, pero un nuevo pico hizo sobresaltar todos mis sentidos
cuando el elevador se detuvo a medio camino. Instintivamente busque algo con
que defenderme, encontrando solo la pluma fuente que guardaba bajo mi saco,
algo que, de haber estado en otras circunstancias, habría sido ilógico pues
hasta ese momento no conocía ninguno de los peligros a los que me enfrentaría.
Solo fui sugestionado por las historias del sicario.
El piso 6 fue donde se detuvo el elevador al igual que lo
hizo mi corazón tras observar cómo se abrían las puertas lentamente, dejando
pasar una sombra en estampida cuando el espacio alcanzó a tener la holgura
necesaria para que una persona pasara. Estuve a punto de apuñalarla al igual
que ella lo estuvo conmigo. Era una oficinista rubia de una empresa de
contabilidad a quien vi algunas veces en el lobby gracias a la despampanante
figura que portaba en su ajustado traje sastre. Era una chica de alrededor de
unos 22 años y sus ojos verdes me miraban con furia mientras sostenía un
abrecartas afilado, amenazando con clavármelo. Una de sus manos estaba vendada
de una forma extraña ya que lucía como si le faltara un dedo. Ella gruñó al
hacerme a un lado como si hubiera comprobado algo en mí para poder presionar el
botón de cierre de la misma forma que lo hice yo, como si ella estuviese
huyendo de algo. Tal vez ese algo eran los gritos que alcance a escuchar antes
de que las puertas volvieran a cerrarse.
“¡Maldita sea!” gruñó mientras hacíamos nuestro camino al
lobby antes de que me explicara lo que sucedió en su piso. Al parecer, alguien
con una grave herida entró a la oficina y atacó a quienes se encontraban laborando
en ella, incluyendo a la rubia quien se identificó como Laura. Al parecer,
Laura fue de las primeras que intentó auxiliar al herido, quien exhibía un
desgarre tan profundo en el estómago que algunos de los intestinos colgaban de
este. Ella maldijo su generosidad mientras narraba la ingratitud de sujeto pues
aprovecho el momento de su auxilio para arrancarle el dedo meñique de la mano
izquierda. “¡El muy hijo de puta se lo tragó!” dijo la oficinista usando un
lenguaje que parecía poco propio de ella.
Ella corrió lejos del herido mientras otros trataban de
sujetarle y sus compañeras le atendían para parar la hemorragia, lo cual fue
una muy mala idea pues el sujeto atacó a varios de los hombres de la oficina,
dejándoles heridas que muy bien podrían haber sido mortales. Lo extraño de esos
ataques fue que, después de lo que serían algunos agonizantes segundos, sus
compañeros se retorcieron en el suelo antes de volverse a levantar pesadamente.
El caos fue inmediato pues sus compañeros atacaron a otros cuando se
levantaron, organizando una carnicería desenfrenada de la que Laura huyó justo
en el momento que yo tomaba el ascensor. Ella tomó de inmediato el abrecartas
del escritorio de la secretaria y se lanzó hacia el vestíbulo donde logró
alcanzarme. “Lo bueno es que no es de noche” dijo con un sarcasmo
inidentificable para mí, lo que provocó que contestara con extrañeza que estaba
amaneciendo. Ella rió con fuerza pues hice referencia a algo que yo no
alcanzaba a comprender.
Le propuse que subiéramos a mi auto nada más llegáramos al
lobby, a lo que ella aceptó pues según sus palabras, ella vivía sola en esa
ciudad tras irse de casa de sus padres al otro lado del país. Y así fue, en
cuanto llegamos a la planta baja del edificio donde lo surrealista de las cosas
nos volvió a alcanzar ya que uno de los recepcionistas estaba luchando contra
un sujeto, un indigente al parecer, quien trataba de morderle con vehemencia.
Me congelé a medio camino hacia el exterior, pensando si debía ayudarlo en
contra del hombre tan demacrado que, tras un vistazo rápido, comprobé que le
faltaba la mitad del rostro y un ojo. Ese momento de duda fue determinante para
el recepcionista pues un grito de auxilio quedó ahogado cuando el indigente
logró clavar sus mandíbulas en su cuello, arrancando parte de la carótida y la
tráquea, de donde brotó una gran cantidad de sangre que se estrelló en el muro
que estaba detrás.
“¡No puedes ayudarlo ya! ¡Vamos!” gritó Laura al arrearme,
no sin antes comprobar que los otros recepcionistas, quienes probablemente
fueron abatidos por el indigente, se levantaban pesadamente de los charcos de
sangre que dejaron en el suelo. Salimos a todo galope hacia mi auto, subiendo
de golpe y arrancando como si estuviera participando en una carrera de un
cuarto de milla. Creo que incluso rayé un poco la pintura al chocar con el auto
que se encontraba estacionado frente a mí. Bueno… ahora ya no importa.
La luz de la mañana me permitió ver lo que realmente sucedía
en las calles pues poco pude avanzar a toda velocidad cuando quedamos atrapados
en un mar de gente. Debería describirlo mejor como un caos ya que todos los
peatones corrían por todos lados haciendo parecer a un hormiguero una orquesta
donde reinaba el orden. La velocidad que llevaba el auto aún era bastante buena
pero lo suficientemente lenta como para darnos el lujo de apreciar como varios
de los negocios que se encontraban a cada lado de la calle eran saqueados por
una variopinta muchedumbre. Podrías haber visto a un indigente robar varias
bolsas de pan blanco al mismo tiempo que un CEO entraba para llevarse todo el
café que pudiera. Era algo bastante surrealista. “Llévame al hospital” dijo
Laura entre quejidos, sacándome del ensimismamiento que provocó el paisaje a
nuestro alrededor, mostrando lo que al principio creí eran síntomas de un
shock.
Ella había perdido un poco del color de su piel,
probablemente a la baja de presión por la herida en su mano la cual también
debía ser la culpable de las mil y una gotas de sudor que caían desde su frente
perlada. Aproveche rápido para tocar su frente y noté que estaba ardiendo, algo
que de acuerdo a mis escasos conocimientos de medicina era algo inaudito.
Incluso si fuese una infección no mostraría síntomas tan rápido. Al menos no
con una enfermedad normal. Decidí llevarla al hospital donde mi hermana y padre
se encontraban pero, en cuanto doble en una esquina, el cristal de mi lado se
estrelló dándome un tremendo susto y provocando que chocara contra un poste de
iluminación. La velocidad era alta y las bolsas de aire se activaron
protegiéndonos del impacto, sin embargo, el golpe logró desorientarme a tal
grado que cometí la gran estupidez de bajarme del auto.
Veras, soy un abogado perteneciente a una de las grandes
firmas de la ciudad y puedo ser noble, más no soy estúpido. Nunca he debido ni
temido nada, pero nunca está de más prepararse para cualquier eventualidad por
lo que mi auto era blindado. Podía resistir el embate de un calibre 45 pero el
mero sonido del cristal estrellándose me hizo perder los estribos. Preparé mi
auto más no mi mente. Por eso no caí en cuenta que el vidrio se estrelló porque
creyó que la mejor manera de hacerse de mi flamante auto era dispararme por lo
que, cuando me baje e intenté ayudar a Laura para hacer lo mismo, no anticipe
el tacto caliente de cañón de una pistola en mi nuca. El cabello se me erizó
por completo y casi estuve a punto de ensuciar mis pantalones cuando escuche a
un hombre gritar. “¡Quítate de ahí!” gritó el hombre mientras Laura descendía a
gatas del auto y yo hacía mi mejor imitación de un mimo.
Cuando la chica estuvo completamente afuera del auto el
hombre, un sujeto blanco, rapado y con sobrepeso, le observó como si fuese un
filete recién sacado de la parrilla o como un perro esperando su comida. Puedo
imaginarme lo que pensó ya que ahora puedo admitir que yo también lo pensé al
verla. Afortunadamente para Laura, la libido de aquel hombre se esfumó cuando
vio la herida en su mano, provocando tal disgusto que el sujeto la empujó para
subir al auto. Mi precioso auto arrancó sin problema y solo pude ver como se
empezaba alejar de nosotros mientras escuchaba los reclamos de mi acompañante,
remarcando la poca inteligencia y hombría que tenía al permitir que se lo
llevara. “¡Eres un marica!” dijo la rubia justo cuando apreté el botón del
control que llevaba en mi bolsillo, una suerte de artilugio que dejó
electrónicamente inutilizable al auto tan solo una cuadra más adelante. Era una
pequeña venganza pero a mí me supo a gloria.
De cerca y a pie, el caos se sentía mucho más peligroso,
casi como si las personas se hubieran vuelto animales y notaran que éramos
extraños en su territorio. “¡Necesitamos salir de la calle!” dijo Laura al
apretar mi brazo y colgarse de él a la vez que lanzaba una mirada suplicante,
no sé si por el dolor que sentía o la urgencia de ponerse a salvo. En ese momento
el plan del hospital era algo inviable por lo que decidí llevar a Laura a mí
departamento, del cual estábamos mucho más cerca.
Corrimos a través de las calles y mientras lo hacíamos logré
sentir como el paso de Laura se hacía cada vez más pesado, como si la fuerza se
le estuviera yendo. En ese momento pensé que era algo lógico pues la pérdida de
sangre no era una broma, pero estaba muy lejos de entender lo que realmente
sucedía. La premura de atender a Laura era tal que no me di cuenta de la
rapidez con la que escaló en violencia todo lo que sucedía en las calles pues
no solo la gente estaba robando, sino
peleando entre sí, incluso con los policías. Creo que hasta se estaban matando
entre sí. Ahora que lo pienso, no sé cómo pude estar ciego ante las
advertencias porque tengo la seguridad, al menos entre recuerdos, que las
noticias hablaban sobre disturbios en las zonas pobres que habían sido
contenidos, ataques caníbales y cosas por el estilo. Notas que consideraba como
“rojas” y que decidí no atender por su naturaleza alarmista. Fue un completo
error. Si hubiera puesto más atención habría sabido que no solo llevar a Laura
conmigo era una mala idea, sino también el ir a mi departamento. Tal vez habría
sobrevivido si hubiera ido con mis padres.
En fin. Laura y yo llegamos a mi edificio, donde la planta
de emergencia pudo ser puesta en marcha sin problemas. Ambos accedimos al
elevador después de que el sensor de proximidad detectara la tarjeta en mi
cartera y abriera sus puertas. En ese momento yo ya llevaba a cuestas a la
chica, quien se recargó un momento en una de las paredes del ascensor para
descansar. Su mano estaba repleta de sangre, algo que indicaba que la herida no
cerraba o una arteria estaba expuesta. No era médico, lo repito, pero lo
segundo me parecía lo menos probable pues de haber sido así, habría muerto en
minutos ¿No? Lo que nunca pude aclarar era si la huella de sangre, con la forma
de una mano dentro del elevador, le pertenecía o era un aviso de las malas
noticias que descubriría más tarde.
Llegamos a mi departamento que, afortunadamente tiene como
único acceso el elevador. Bueno, salvo las escaleras de emergencia pero solo
podían ser activadas en un siniestro o por un corte de luz. La exclusividad que
algunos arquitectos daban a esos departamentos resulto ser fatal para muchos.
Rápidamente me dispuse a cambiar el arbitrario vendaje que
Laura había colocado sobre su herida tras dejarla en uno de los bancos del
desayunador y correr por el botiquín de primeros auxilios. No es por nada pero
muchas horas fui el conejillo de indias de mi hermana por lo que, al menos, se
atender una herida leve, que la pérdida del dedo no era nada cercano a leve,
pero era lo único que podía hacer en esos momentos y tan lejos de un hospital.
Para mí era extraño ver el muñón donde antes estaba su dedo pues, además de que
seguía sangrando profusamente, algunos coágulos de color negro habían empezado
a “taponear” la herida. Estos tenían una especie de cresta o corona de color
blanco, lo cual me indicaba que probablemente se trataba de una infección pero
de nuevo, no era médico así que no podía saber si se trataba de un hongo,
bacteria o un virus. Además ¿Qué abogado puede lidiar contra un microorganismo
que infecta tan rápido la sangre que crea colonias sobre coágulos frescos? ¿No
es que pudiera demandarlo o sí?.
No negaré que me quedé embelesado por la desastrosa herida
de la chica, quien tuvo la fuerza para darme una fuerte palmada en la cabeza
para hacerme salir del trance y continuar con mis deberes de enfermero. En ese
momento no me dio miedo la fuerza de Laura, que en realidad era poca, sino la
apariencia que había adquirido en tan pocas horas después de haber sido
infectada. Y claro, en ese momento ya suponía que tenía algo en la sangre pues
escuche muchas veces decir a mi padre que la boca humana era lo más cercano a
un retrete andante haciendo referencia a la innumerable cantidad de bacterias
que portamos, las cuales me dispuse a erradicar con agua oxigenada a pesar de
las suplicas de la chica. El dolor casi hizo que perdiera la consciencia y el
grito que profirió por poco perforó mis tímpanos, pero después de escuchar la
boca de aquella bella mujer convertirse en una cloaca supe que, al menos,
estaba un poco mejor. Debí prestar más atención pues la herida no hizo espuma
como se acostumbraba.
Laura no quiso probar alimento pues decía tener demasiadas
náuseas y en lo personal mi estado de ánimo estaba tan bajo que no deseaba
cocinar por lo que, tras charlar un poco, ayudé a Laura a recostarse en mi cama
mientras yo me quedaba en la sala “monitoreando” los canales de noticias para
saber la situación de la ciudad. Fue sorprendente ver como toda fuerza había
abandonado el cuerpo de la mujer, obligándome a cargarla como un enorme trozo
de carne que es llevado al frigorífico de un restaurante. La recosté y dejé una
cubeta cerca, digo, soy un buen samaritano y lo que sea, pero no iba a limpiar
el desastre que pudiera salir del estómago de aquella “delicada” flor. Tuve
razón de hacerlo pues en cuanto llegué a la sala y encendí la pantalla para ver
las noticias, pude escuchar como regurgitaba lo que fuera que tuviera en el
estómago. Probablemente pizza fría o algunas frituras ya que durante la pequeña
conversación que tuve con ella, donde me comentó sobre su estilo de vida tan
desordenado y la localización de su departamento a dos cuadras de la clínica de
mi padre, pude entender que Laura no era del tipo “hogareña”.
Trate de no darle importancia. Vamos, traté de olvidar que
una chica hermosa, por muy enferma, desaliñada y sucia que estuviera, no dejaba
de ser una mujer de escultural figura. Tenía que olvidar todo eso, incluso al
matón de mi oficina pues la gente estaba atacando a la gente, devorándola y
arrancando trozos de carne de quienes podían. En ese momento todas las
películas de clase B que vi en mi vida comenzaron a formar una palabra en mi
mente, una idea, pero traté de rechazarla debido a que en ese entonces, al
menos para mí, la muerte era “LA MUERTE” y no había regreso de ella. Hasta ese
día.
Las noticias no trajeron consigo cosas buenas porque todo lo
que hacían era esparcir rumores, fomentar el pánico, aplacar el pánico con
mentiras a modo de paliativos o evadiendo la realidad calificando los ataques
como “eventos aislados de violencia” así como el desorden en las calles como
“actividades delictivas relacionadas a la delincuencia organizada”. ¡Por favor!
No podían ser más obvio. Claro, la vieja Núñez, una anciana adorable que
cuidaba a los niños de algunos inquilinos del edificio era una gánster
consumada cuando la vi en la calle, cuando cargaba a Laura y nos apuntaba con
una escopeta. Parecía la abuela de Rambo. ¿De dónde habrá sacado esa arma?
La única noticia que me pareció lo suficientemente veraz
como para poder ponerme en acción, o por lo menos intentarlo, fue un reporte
sobre un “linchamiento masivo” o “saqueos descontrolados” en la clínica donde
trabajaba mi padre. Ver cientos de “enfermos” entrar, romper las ventanas y las
puertas mientras devoraban a quien se atreviera a cruzarse en su camino fue
espeluznante, tanto que casi me atrevo a salir pero, de nuevo, la fantasía de
la filmografía mediocre de la década más comercial del cine me hizo titubear.
Primero puse de excusa a Laura, diciendo que no la podría dejar sola en mi
departamento, primero porque no la conocía y “podía robarme” pero después
transformé mentalmente la excusa para decirme a mí mismo que estaba enferma y
no podía dejarla sola.
Mis dudas me detenían a cada paso por lo que mi ir y venir
de la cocina a la sala debió despertar a Laura… o lo que fuera en lo que se
había convertido. Estaba “armando” una mochila de supervivencia con vendas,
atún en lata, whiskey y otras cosas tan innecesarias que ahora que lo recuerdo
me da risa saber que tan estúpido era mi proceder. ¡Claro! Podría abrirme paso
entre toda esa multitud arrojando latas de atún. Cuando saque un enorme
cuchillo para carne de la estantería de mi cocina pude ver en el reflejo del
metal la sombra de alguien que avanzaba desde mi habitación.
Primero me sobresalte, obviamente, pues era un cobarde por
naturaleza, al fin, un abogado. Después reconocí la silueta de Laura quien
caminaba de manera parsimoniosa por el pasillo. De inmediato me excuse ya que
pensé que ella creía que la iba abandonar, diciéndole que no se preocupara, que
volvería después de rescatar a mi padre (Tan valiente yo) pero todas estas
palabras se diluyeron en el aire cuando el semblante de ella se hizo visible a
la luz. Su piel era algo así como un tornasol acartonado y opaco donde el verde
obscuro, purpura, azul, gris y blanco se fundían así como lo hacía la nata
blanca que cubría sus ojos y chorreaba por las comisuras, combinándose con
sangre negruzca, hasta la boca donde emanaba una sustancia negra y viscosa
similar al aceite automotriz. De inmediato pensé “¡Está infectada de lo que sea
que anda suelto!” justo en el momento que se abalanzó con sus garras hacia mí.
Debo decir que no me siento orgulloso de atacar a una mujer
pero en mi defensa, mi reacción fue instintiva cuando le clave en la clavícula
el cuchillo de carne justo hasta el mango. A cualquiera lo habría detenido pero
a ella, bueno, si era una fiera en vida lo era después de lo que sea que le
ocurrió porque no hizo caso a la herida y se estampó contra mí con toda su fuerza.
Nos revolcamos en el piso, rompimos cristales y destrozamos muebles mientras
ella intentaba clavar sus dientes en mí, obligándome a usar toda la fuerza que
tenía para alejarla. Debí haber ido al gimnasio por lo menos alguna vez.
Logré separarla de mí con una patada, haciéndola caer sobre
su brazo derecho y escuchando un sonoro crujido, de nuevo, cometí el error de
humanizar a aquella cosa pues me preocupe de inmediato y me acerque solo para
ver que la pobre, al aterrizar en un ángulo incorrecto, había quebrado su
brazo, exponiendo el hueso y manchando el piso con el brebaje negro que tenía
por sangre. Un zarpazo a escasos milímetros de mi rostro me hizo reaccionar
violentamente hacia atrás, tropezando con la mesa de centro y aterrizando con
todo mi peso sobre el cristal de un ventanal. Por suerte eran reforzados por lo
que solo se astillo como una telaraña y alcanzó a sostener mi peso, dándome un
respiro de lo que pensé habría sido mi último aliento. Debí ocupar el segundo
en el que suspiré para quitarme de ahí pues ese fue el instante que Laura
aprovecho para lanzarse sobre mí y no solo clavar sus mandíbulas en mi cuello,
sino rompiendo el cristal por completo y lanzándonos al vacío.
Muchos tendrán historias sobre como sobrevivieron durante
días, semanas incluso meses, por lo que les debe de dar risa el saber que yo no
logré sobrevivir ni un solo día a la infección al cometer todos los errores que
un idiota novato puede cometer. ¿Qué puedo decir? Soy un abogado. O era. Si
hubiera sido un poco más feroz como la mujer que alcance a ver durante nuestra
caída, quien se defendía de sus hijos convertidos con un palo de escoba roto o
el policía que vi directo a los ojos antes de golpear el concreto, tal vez
habría sobrevivido mucho más. Ya no importa y no importaba en esos momento pues
no podía dejar de ser un idiota ya que lo único que pasaba por mi mente eran
los casos del próximo mes, la dama de compañía que visitaba de vez en cuando o
la secretaria de otro despacho con la que me acostaba de vez en cuando para
obtener secretos de mis adversarios. No. Justo en ese momento cuando mi cabeza
sintió el primer contacto con el concreto del suelo, lo único en lo que pensaba
era el desperdicio que era la muerte de Laura ya que era tan hermosa y podía
jurar que los senos que sentía presionar contra mi pecho eran reales. ¿Eso me
hace una mala persona? Creo que no pues… ese día morí.
R. O. WILLIAMS
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