CAPITULO 2
EL POLICIA.
Si, ese día morí. ¿Qué coincidencia no? Resulta que yo
estaba mucho más relacionado al brote que el otro tipo. Él era un abogado de la
“elite”, de esos que suelen ser personas amables pero que, como todos los que
tienen algo de dinero, tienen las cabezas tan adentro de sus traseros que
pueden morderse las amígdalas y no saber de nada hasta que los golpea.
Simplemente su vida se va de despertar, desayunar, hacer como que trabajan,
comer con algún “cliente importante”, dar órdenes a las personas que si
trabajan, irse a su casa o a alguna fiesta y comenzar de nuevo. Eso con alguna
visita familiar o gala de negocios entre tanto y tanto donde puedan presumir
sus altos así como prestigiosos puestos donde reposan sus gordos traseros todo
el día. Si, puede sonar a que lo único que tengo hacia esas personas es envidia
y es así pues yo no la tuve fácil. No. Tú no sabes lo que es la vida difícil
hasta que alguien con dinero hace “algo de caridad” contigo como comprarte
comida o algo más.
Veras, no me arrepiento de mi vida. No, eso jamás. Soy un
policía orgulloso que se forjó su vida desde cero en la niñez cuando a los
catorce años murió mi madre, quien me mantuvo con gran esfuerzo después de que
mi padre nos abandonara… aunque nunca estuvo con nosotros realmente ya que
nunca lo conocí. Te lo explicaré más detalladamente pues es algo que no
deberíamos hablar, es un tabú social, pero ahora que la vida ya no es vida,
podemos hablar de ello. Soy Negro. Y a mucha honra. Mi padre por otro lado…
digamos que su piel no indicaba marginación a primera vista. No, él era un
médico prestigioso que trabajaba en una clínica cerca de la estación donde yo
trabajaba, pero no nos adelantemos a eso. Por ahora lo que debes saber es que
él nos abandonó y mi madre murió sin volver a saber de él. Suerte, porque ella
no tuvo que ver las cosas que tuve que hacer cuando era más joven ni antes de
que muriera, durante la infección.
En la escuela, justo después de que mi madre muriera, había
unos chicos blancos, dos hermanos y una hermana, quienes me molestaban y eran
hijos de un gran médico. Él me recordaba a mi padre pues me parecía que, si
alguna vez lo conociera, él me dirigiría la misma mirada de desprecio y
nerviosismo. Incluso hubo un momento que me pidió que lo dejara de mirar, que
no lo conocía y que no lo volviera a molestar. Sin embargo, una vez, cuando no
estaban sus hijos, se acercó a darme un poco de ropa, dinero y comida. ¡Vaya
bastardo hipócrita! Debió de haber sentido tanta lastima por mí pero sus
blancos prejuicios le impedían hacer algo a la vista de todos. Era un
filántropo de closet. Si mis condiciones hubieran sido otras lo habría
rechazado pero en ese entonces necesitaba toda la ayuda posible pues tenía la
mirada fija en un objetivo muy, muy en alto. Deseaba convertirme en arquitecto.
Te entiendo. ¿Qué niño de catorce años desea tanto
convertirse en arquitecto? Yo era ese niño desde que en la escuela, el tío de
uno de los hermanos que me molestaban, el cual era de mi edad, fue a clase para
dar una plática sobre lo que hacía. Nada me impresionó en realidad. Ni la parte
creativa o artística o esa sandez de que ellos determinan la vida de las
personas y que son más como Dios, aún más que los doctores. No. A mí me capturó
cuando supe la cantidad de dinero que el ganaba diseñando uno de esos grandes
edificios lujosos. Pensé en ese momento que si lo escuchara el espíritu de
alguno de esos ricachones muertos, de esos que impulsaron nuestro país hacia la
grandeza, su cadáver podría tener una erección tan grande que saliera desde su
tumba como un periscopio. En ese momento lo decidí pues podría mejorar mi
situación y llevar la vida que mi madre deseaba para mí, solo había algunos
problemas que nadie quiso mencionarme como si les divirtiera la manera en que
me ilusionaba.
La dificultad de la carrera no era un problema. Si requería
dedicación y un alto conocimiento general pero nada que no se curara con buenas
horas de estudio. Que el chico que me molestaba también lo deseara incluso era
un aliciente ya que en mi mundo de fantasía creía que en el terreno académico
podría limpiar el piso con él. Lo que nadie tuvo la decencia de decirme fue
que, además del enorme costo de la carrera, los profesores serían tan déspotas,
racistas y retrogradas que parecían traídos directamente del siglo XVI. En
pocas palabras… fracasé. MI única salida, al parecer por mi “origen racial” era
o unirme a una banda, ser un gran deportista o músico (para lo que no tenía
aptitudes) o hacerme policía. Fue entonces cuando ingresé a la academia.
Lo hice por necesidad pero no me mal entiendas. Yo no era un
“hermano” más que se quejaba por la discriminación o el odio. No. Yo puse todo
mi empeño en salir como el mejor oficial de policía de mi academia y así lo
hice. ¿Cuál fue mi paga? Burlas y la inmediata colocación en el departamento de
tránsito. Fue algo temporal pues alguien, no sé quién realmente, me ayudó desde
lo más alto para colocarme como patrullero.
Ahí estaba yo, patrullando las calles a mis veintidós años y
la vida fue buena para mí durante seis años seguidos en los que subí de rango,
compre un departamento, monté un pequeño negocio ferretero e incluso estaba
acostándome con la hermana del chico que me molestaba antes. Bueno, no es algo
de orgullo pues estaba casada y entre el hospital, su horrible vida marital y
sus hijos, era un escape para ella. Al menos sé que disfrutaba cada día que nos
veíamos pues entonaba las notas más dulces cada que terminábamos en la cama… si
sabes a que me refiero.
La vida no era perfecta. Me destrozaba la espalda para
ganarme cada centavo pero… al menos esos años fueron los más dulces. Pero basta
de preámbulos, yo era un policía profesional y eso espera la gente, que te
dejes la vida en el cumplimiento de tu deber por lo que no necesitaras saber
más de mi vida para conocer lo que sucedió antes de mi muerte.
Como te dije, yo era un policía trabajador y por eso estuve
frente a frente a esa mierda cuando comenzó a suceder en nuestra amada ciudad.
Es raro escuchar decir a un policía mierda de forma tan acentuada y separada
que entiendes la connotación de cada sílaba. Así le decía yo: MIER-DA. Déjame
decirte que yo ya había visto muchas cosas antes de eso, algunos asesinatos,
peleas entre drogadictos donde literalmente se arrancaron las orejas y la
nariz, mujeres que habían sido violadas multitudinariamente y hasta un tipo que tenía todo un guardarropa
hecho de piel humana a quien solo se le encerró por un cargo de agresión mal
presentado pues nunca encontramos los cuerpos de quienes provenía tanta piel.
El jamás dijo nada. ¿Crees que bromeo? Eso solo es el principio pues llegué a
atrapar a un tipo que era un “violador de gatos en serie” ya que tenía un
estúpido delirio donde podría engendrar a un ser mitad hombre mitad felino al
tener relaciones con un gato. Encontrábamos espantosas escenas de animales
destripados, como si hubieran sido metidos en una licuadora, a manos de ese
loco quien creía que debía castigarlos brutalmente cuando no le dieran “crías”.
Algo así fue la primera escena de crimen producto de la
infección que vi. Era como si hubiesen machacado el cuerpo para después
devorarlo mientras esparcían todas sus entrañas por el callejón en donde lo
encontramos. ¡Pobre diablo! El cráneo era como una vasija rota la cual jamás
pudo ser armada para identificarle. No dejaron ni la ropa. La primera escena
fue cuatro meses antes de lo que muchos consideran el brote. El mes siguiente
eran al menos cuatro casos y se comenzó a hablar de un asesino en serie. Para
el tercer mes descubrieron que no solo podían ser una o dos personas pues
encontraban infinidad de pisadas de diferente tamaño en las zonas. Ahí fue
cuando relacionamos los casos de desapariciones y descubrimos que los casos se
podían remontar hasta cinco meses antes. Muchas de estas no les dimos
importancia pues se trataban de indigentes pero en ese mes fue lo que nos dio
la pista hacia algo más grande.
“Ya no hay indigentes” le dije a mi capitán quien se quedó
estupefacto como si le tratara de hacer una broma. “Eres un estúpido” me
contestó al tratar de decirme que eso no tenía nada que ver, algo que me
pareció sospechoso pues el jefe jamás dejaba una pista sin revisar. Para
nosotros era al caos dos semanas antes del brote debido a que ya habíamos
identificado a varios de los infectados y hasta los habíamos arrestado y puesto
bajo custodia. Casi no pasaban tiempo en la comisaria pues un regimiento
militar siempre los recogían vestidos de supuestos agentes de la OMS. ¿Quién se
iba a tragar ese cuento con los uniformes? Pero no era mi deber cuestionarlos,
solo me sorprendió que no reaccionaran cuando, a un tipo que capture, le tuve
que romper el brazo y la clavícula para someterle pero no mostró dolor alguno.
A mí me aterrorizó pero al sujeto que recibió mi informe solo se mantuvo
impávido dándome un “nosotros lo atenderemos” como respuesta.
Para mí era bastante estándar que cualquier pelagatos con un
rango mayor me diera un diplomático “¡Púdrete!” seguido de una cachetada con
guante blanco al hacerme entender que las cosas estaban por arriba de mi línea
de pago. Tal vez debí haber sido más insistente con mis preguntas pero la
pequeña y mediocre vida de lujos miserables que me daba me tenía segado a la
realidad. No me vengas con un discurso santurrón hablándome de ética
profesional cuando nosotros te cuidábamos la espalda en la calle y no te
importaba como lo hiciéramos, además, tú creaste y fomentaste el sistema donde
hacemos lo que se nos ordena por que quienes lo ordenan son quienes nos pagan. Yo
solamente obedecí al capitán cuando me dijo, ajustándose los pantalones sobre
su gran barriga, “tú no preguntes y dedícate a lo tuyo”.
Y así lo hice. Los días siguientes pasaron del patrullaje,
al negocio a la cama con la doctora y de regreso. Todo iba de perlas, mejor que
aceite de bebe en el trasero de un recién nacido, hasta que la mierda que
arrojaron al ventilador me golpeo a mí. Ya una semana antes se hablaba de una
infección. Yo no era ningún tonto, tal vez un fracaso como arquitecto y policía
“casi novato” pero yo no era fácil de engañar. Si ya se hablaba de “infectados”
era porque había una “infección” y si estaban seguros de llamarle así era
debido a que el gobierno había realizado las pruebas necesarias para estar
seguros. Lo raro era la poca información. Generalmente se alimentaban del
pánico, compra esto, vende aquello, pero a una semana de que todo quedara tan
mal que el cubil de satanás pareciera más acogedor, nadie decía nada. Para mí
no podía ser indicación de que sabían lo que era… pero no sabían cómo
detenerlo.
De nuevo hice caso omiso de mi instinto, aun cuando nos
encontrábamos con más casos de canibalismo y de arrestos por ataques de
personas “rabiosas”, ya que tenía la certeza de que si preguntaba algo a los
jefes, solo me dijeran que “no estaba calificado para saberlo”. Eso era una
traducción coloquial y diplomática de “no sé lo que sucede porque soy tan
estúpido como tú y me molesta que me lo preguntes”. Por ello decidí prolongar
mi burbuja de ignorancia mucho más, a pesar de que veía las noticias de casos
en Europa, Asia, África… ¡Maldita sea! Incluso les pegó en la Antártida. ¿Cómo
putas puede haber una infección en la Antártida? ¿Quién en el nombre de Dios
vive ahí? ¿Acaso salió un pingüino y contagio a los demás? En fin. Solo adquirí
la realidad de las cosas cuando una tranquila noche, más de lo usual, un hombre
entró de la forma más estruendosa a mi ferretería.
Tenía un solo aparador y el comprar el cristal con las luces
de neón además de las calcomanías personalizadas me costaron casi un mes de
sueldo para que un idiota la destrozara por accidente. Claro, en ese momento me
quedé helado porque pensé “ese idiota se acaba de matar y en mi ferretería”
algo fatal para cualquier negocio. Me quedé congelado durante unos segundos
pensando en lo que sería de mi negocio pero reaccioné cuando me alegré que el
tipo se levantara de entre los trozos de vidrio. Corrí a ayudarle y resbale con
un pedazo de cristal, cayendo sobre mi trasero y llevándome entre las piernas
al pobre idiota. Los dos rodamos en el suelo y lo hice a un lado, pidiéndole
disculpas y que se mantuviera en el suelo pero, justo en ese instante, lanzó
sus brazos hacia mí y me atrajo hacia él, dando dentelladas como un animal.
Pensé que estaba loco o debía estar enfermo, pero luego noté
el olor, el mismo olor que todos esos pobres diablos que arrestamos. Su fuerza
era inmensa y literalmente tuve que romper uno de sus brazos para liberarme.
Digo literal porque uno de ellos se quedó colgando de mi ropa mientras el tipo
se levantaba pesadamente del suelo. Cuando retiré la mano de mis ropas descubrí
que estaba cubierto de un líquido negruzco y fétido, el cual tenía la
apariencia de sangre coagulada.
Casi vomito en ese mismo instante sino me hubiera dado
cuenta que el tipo comenzaba a andar hacia mí lentamente, estirando su brazo
sano y el muñón como si quisiera alcanzarme desde lejos. En mis años como
patrullero, aunque fueran pocos, jamás había dejado que el miedo me dominara.
Siempre había sido la cabeza fría del equipo con mi compañero, un policía mucho
más veterano al que todo mundo llamaba “Fess”, por lo que ese día me sorprendí
al verme corriendo hacia atrás del mostrador, como si el cristal fuera a
protegerme. Me sentí indefenso al instante por lo que me vi obligado a sacar el
arma que escondía detrás del mostrador para protección y de inmediato, como un
regalo del puto cielo, la confianza regreso a mi corazón.
“¡Quieto ahí o disparo!” fue lo primero que grité a aquel
idiota mientras daba tumbos en los otros mostradores, caminando lentamente como
si se hubiera acabado de despertar. “¡Te lo advierto!” grité de nuevo con la
voz más autoritaria que me podía salir en ese momento que, para su desgracia,
no fue suficiente para detener su avance. ¿Piensas que soy un idiota? ¡Claro!
¡Júzgame! En ese momento nadie sabía que estábamos lidiando con una maldita
plaga que revivía a los muertos y que seis disparos al pecho no le harían ni
cosquillas a uno de esos engendros. Ese fue mi verdadero encuentro con ellos
pues los que habían arrestado lo hicieron entre varios policías después de que
mordieran a unos cuantos además de que les colocaron bozales para evitar más
mordidas.
En ese momento estaba solo y no se me ocurría nada para
detenerlo por la vía pacífica pues conocía su fuerza, ya que en realidad era
una suerte que me haya podido liberar del primer ataque. Te juro que cerré mis
ojos cuando volvía a presionar el gatillo antes de apuntar a su cabeza,
pensando “Dios, perdóname pero nadie vendrá en mi ayuda y este maldito me
devorará si no hago algo” antes que el cuerpo de aquel idiota cayera al suelo
inerte.
Una “virtud” que nadie conoce de los policías es que, en
orden para atrapar a los criminales, necesitas tener cierto pensamiento
criminal propio para hacer las cosas, haciendo muy recurrente eso de policías
“sucios” o corruptos que se saltan las reglas. Para mí nunca había sido algo
que cruzara por mi mente hasta ese momento, cuando centré mi realidad al
imaginarme que le harían a un policía negro, con un negocio que nadie creía que
duraría, matando a un “enfermo” dentro de su propia tienda alegando “defensa
propia”. Ya lo veía venir. Sería una ejecución de rutina. Un hermano más al
bote sin preguntas.
“No a mí” pensé de inmediato cuando corrí por las tablas más
grandes que tenía y tapie el aparador por completo, cerré la reja exterior y
también tapié la puerta de acceso. Salí por la parte trasera con triple candado
y corrí al frente, dando la vuelta a la cuadra para colocar un letrero con
pintura roja. “En remodelación” fue lo más inteligente que se me ocurrió.
Mi idea era ir a casa, relajarme un poco y pensar después
como deshacerme del cadáver, orando porque nadie se diera cuenta de su olor
antes de que lo hiciera. Llegué a mi departamento, leí unos cuantos mensajes de
mi “novia” diciéndome que tuviera cuidado en las calles por los “infectados”.
Parecía que ella sabía algo de lo que estaba sucediendo pero la adrenalina y el
estrés me habían agotado por completo, noqueándome justo en el momento que
toque la cama. Dormí toda la noche como un bebé y tuve la suerte de no soñar
nada. Mi sueño fue tan pesado que no alcance a escuchar la primera llamada a mi
teléfono, sino la segunda, y cuando contesté el capitán no hacía otra cosa más
que gritarme por no contestar la primera vez.
Pensé de inmediato que tal vez me había quedado dormido pero
no fue así. Miré el despertador y me di cuenta que aún era demasiado temprano
para mi turno pero el capitán me exigió estar en la comisaría lo antes posible.
“Es necesario y es una emergencia” fueron las palabras que me dijo. Dudé si ir
o no pues tal vez me estaban tendiendo una trampa al descubrir mi “crimen”
gracias a la paranoia que surgió como secuela del estrés de la noche anterior.
Vaya idiota que fui. En realidad el jefe solo quería que cubriera a uno de
muchos de los policías que habían faltado, ya sea por que desaparecieron o se
reportaron enfermos o indispuestos en esa situación. Era bastante temprano y
los desastres comenzaron a suceder de manera exponencial.
La voz era que varios de esos “infectados” atacaban en
jaurías a las personas, devorándolas por completo. Apenas comenzaba la
situación y solo lograban atacar a una o dos personas debido a que pocas
personas entraban a trabajar a eso de las cuatro de la madrugada. Todos los
ataques habían sido en el metro de la ciudad por lo que el jefe, tras recibir
una orden del alcalde, decidió cerrar todas las estaciones intentando “contener”
a los enfermos hasta que los expertos llegaran para tratarlos.
Fue algo estúpido debido a que, para cuando estuvimos listos
para tal campaña, ya eran las 7 de la mañana. Mucha gente ya estaba usando el
metro y se enfurecían cuando los dejábamos encerrados en las estaciones sin
ninguna razón aparente. Fue entonces cuando la realidad me golpeó por segunda
vez al ver como un nutrido grupo de oficinistas era atacada por al menos doce
de los “infectados”. Eran una parvada de idiotas. Ellos superaban en número a
los infectados y lo único que pudieron hacer fue empujarse entre ellos para que
los devoraran los muertos vivientes. Si, en ese momento ya creía que eran
muertos vivientes pues alcance a ver como uno de los oficinistas clavó una
navaja de oficina en el abdomen de uno de ellos y ni siquiera se inmutó. Uno a
uno, cayeron entre gritos acuosos ante las mordidas de los muertos.
Ahí fue cuando realmente entré en pánico pues los
oficinistas solo tardaron en levantarse alrededor de cinco minutos. Todos con
el mismo aspecto y actitud que los otros infectados. Todos estirando sus brazos
a través de las rejas, queriendo alcanzarnos. Fess no había llegado en ese
momento, me había dicho que tenía algo más importante que hacer, y me
encontraba rodeado de algunos de los oficiales más corruptos de la fuerza
quienes querían usar a los novatos, entre ellos yo, para detener la reja antes
de que cediera ante el peso de los oficinistas muertos. Ahí fue cuando decidí
huir.
Hubo gritos de reproche y me llamaron cobarde. No los culpo,
pero yo no arriesgaría el cuello por unos puercos como ellos. Corrí a todo lo
que daba justo en el momento que escuche como la reja cedía ante el peso con el
gemido en coro de los muertos tras ella. Mi deseo era salvar a quienes eran más
importantes para mí ya que lograba ver lo que se abalanzaba sobre nosotros. Un
apocalipsis. Pensarás que fui a buscar a Fess, pero por mucho que fuese mi
compañero, no eran tan cercanos como para considerarlo un amigo. No. En ese
momento pensé en la doctora. Su nombre era Liz. Pensaba en salvar su dorada
cabellera de las hordas de muertos y tal vez revolcarnos por última vez antes
de huir al atardecer. Que idiota.
Siempre fui bastante resistente. No tenía ninguna aptitud
atlética pero podía fácil correr diez kilómetros en treinta minutos, y así lo
hice hasta “la oficina” de Liz, la cual era un departamento secreto que ella
compró para nosotros dos. Era nuestro nido de amor en el que nadie nos conocía
ni nadie nos podría reconocer. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me
percaté que estaba en medio del caos pues en esa zona ya comenzaban los
primeros disturbios así como las primeras peleas contra los muertos. ¡Demonios!
Incluso vi a una viejecita apuñalar a alguien para arrebatarle una escopeta.
Pensé que probablemente esa zona estaba en esa situación por
estar tan cerca del hospital. Otro mal augurio. Traté de calmar mi ansiedad y
corrí con más fuerza al entrar al edificio. Salté los escalones de tres en tres
hasta llegar al quinto piso. Pasé junto al departamento de una chica que me
parecía se llamaba Laura, una chica fácil que se acostaba con al menos cinco
doctores quien siempre me veía con desprecio cada que Liz y yo pasábamos junto
a ella. A pesar de ser una perra maldita espero que por lo menos sobreviviera
el primer embate.
Mis buenos deseos hacia Laura desaparecieron cuando vi la
puerta de nuestro departamento completamente abierta, dejando ver el desastre
que se había llevado a cabo dentro. Parecía que habían entrado a robar, eso si
no fuera por las manchas de sangre que cubrían muros, piso y techo como si fueran
una especie de Pollock surrealista. Si, también sé de arte. Seguí un rastro de
sangre hasta la cocina y ahí estaba Liz, acurrucada en el piso, presionando un
trapo en su abdomen desde el cual se podían ver algunos jirones de carne salir.
“¡Dios mío!” pensé al momento que me abalanzaba sobre ella para comprobar que
apenas le quedaba un hilo de vida.
Me confundió con su marido y me pidió perdón. ¡Clásico! Pero
pensé que si eran sus últimos momentos no se lo echaría a perder. Comprobé la
herida y pude ver que le faltaba toda la piel, el musculo y creo que el
estómago. Era un milagro que siguiera con vida pero como todos los milagros,
terminó antes que cualquiera lo pudiera presenciar, justo en mis brazos. Lloré,
lo reconozco. Sobre todo porque sus últimas palabras no fueron para mí, sino
para su familia. Es el costo de solo ser el “revolcón” de alguien más. Me pidió
que fuera por su padre, que le ayudara ya que posiblemente seguía en la
clínica. Le cerré los ojos y me levanté pensando en que haría a continuación,
lo cual me llevó a desenfundar mi arma casi de forma instintiva. Habría sido
excelente que no lo hubiera hecho en el momento en que otro compañero policía
entraba al departamento solo para encontrarme con un revolver en mi mano y toda
mi ropa ensangrentada frente al cadáver de una doctora. Más bien para encontrar
a un negro con un arma frente al cuerpo de una mujer blanca.
En ese instante mi instinto de supervivencia entró en acción
pero no reaccioné como un animal enfurecido, al contrario, actué con la calma
más fría que usé en toda mi vida para guardar mi arma en lugar de arrojarla
como la pedía mi “compañero”. “¡Hey! Tranquilo, soy de los tuyos” le dije para
desconcertarlo antes de lanzarme contra él. Luchamos, rodamos por el suelo y
después de un gran crujido pude arrebatarle el arma. Le había roto la pierna. De
inmediato comenzó a pedir ayuda por radio pero nadie contestaba. Esa era mi
hora de salida. Hui. No me iba a quedar para que cualquier apoyo que pudiera
llegar me arrestara ¿O sí? Además tenía una misión.
No me mal entiendas, solo iba a cerciorarme si el padre de
Liz estaba bien y me largaría, no haría nada por salvarlo o llevarlo a algún
lugar seguro. Al final solo teníamos una aventura.
Corrí unas cuantas cuadras más y llegué a la clínica. Era un
infierno. Estaba invadida por los muertos. Se podía escuchar las peleas dentro
del edificio así como los gritos de la gente que era atacada y sucumbía ante
las fauces de los infectados. Algunas explosiones se pudieron escuchar,
probablemente del laboratorio donde sé que existían algunos tanques con oxígeno
u otros químicos. Estaba a punto de salir corriendo de ahí cuando alguien me
tomó del brazo.
Mi reacción fue instintiva. Desenfundé y le disparé a alguien
en el abdomen. Era el padre de Liz. Su rostro se descompuso en un rictus de
dolor y se desvaneció en mis brazos. Fui un idiota. De inmediato le tomé del
brazo y lo arrastré lejos de ahí pues no nos podíamos quedar cerca de esa
carnicería. Entramos en la tienda de conveniencia más cercana donde dos
tenderos, una pareja anciana de asiáticos se habían atrincherado tras el
mostrador. Cerré la puerta a cal y canto, coloqué al doctor en el suelo y tomé
algunas toallas limpias de la estantería para limpiar la herida. Probablemente le
perforé el hígado pues no paraba de sangrar. Fue irónico cuando él, haciendo
uso de toda la fuerza que le quedaba me pidió que viera por su hija. “Se
encuentra en un departamento que compró cerca de aquí” me dijo. Por supuesto no
arruinaría sus últimos momentos diciéndole “viejo, tu hija a muerto ¿No tienes
una misión que si pueda cumplir?” pero creo que lo leyó en mis ojos cuando me
dijo que buscara a un tal señor Crownfield.
El nombre sonó toda clase de alarmas en mi cabeza pues era
una figura pública como dueño de una farmacéutica muy famosa en la ciudad y el
cual había sido recientemente demandada por uno de los despachos de abogados más
famosos de la ciudad. Curioso era el asunto de que su hijo trabajara en ese
mismo despacho.
Sabía dónde trabajaba por lo que no habría problema en ir
con él, a pesar de nuestro pasado, contarle la situación y pedir un poco de
información. ¡Si claro! No solo le iba a pedir a una de las personas que más
odiaba sino que le iba a pedir información confidencial sobre uno de los
asuntos más importantes de esos tiempos. Una demanda laboral pero que incluía
la muerte de alrededor de treinta personas en una de las instalaciones farmacéuticas
cercanas de la ciudad por un “accidente industrial”. El viejo me estaba
involucrando en una situación muy difícil que aún en una relativa normalidad
significaba una sentencia de muerte. Más bajo esa situación. Pero dos cosas
hicieron que tomara una cruzada tan estúpida.
La primera fue una de las dos últimas frases que el doctor
me dijo. “Él tiene la respuesta a esto” refiriéndose a Crownfield. En ese
momento no pensé en las consecuencias de mis actos debido a que la parte más
primitiva de mi cerebro buscaba respuestas. ¿Qué haría con ellas? Fui un idiota
al embarcarme en esa búsqueda.
La segunda fue un poco más confusa y no quisiera comprender
la realidad tras esas palabras pues me dijo “tu madre era hermosa y muy buena mujer”.
Pensé que tal vez la conoció o algo parecido, pero una verdad que no quería
reconocer, y hasta este momento no quiero, se formó en la parte trasera de mi
mente.
No hice caso de lo segundo y cuando el viejo murió, salí disparado
a la parte trasera de la tienda sin decir palabra a los tenderos. No me importa
lo que les pasara en realidad. Salí por el callejón y empecé a correr hacia el
edificio donde el hermano de Liz trabajaba. El caos se había recrudecido e
incluso vi una minivan pasar a toda velocidad junto a mí, casi atropellándome,
como si urgiera por recoger a sus hijos del futbol o algo así. ¡Maldita loca! Ojala
y se estrellara en algún lugar ¿Qué no sabe que el peatón tiene preferencia? Bueno,
en ese momento no importaba.
Llegué rápido, no sin resollar, pero no tenía tiempo para
detenerme a descansar si quería encontrar las respuestas que el viejo me
encargó, por lo que me dirigí al ascensor, subí y entré a la oficina. ¡Maldita
sea! Era un desastre. La señora de intendencia y una pelirroja estaban muertas
en una habitación mientras que alguien más golpeaba la puerta de una oficina. No
iba a buscar las cosas antes de comprobar si el hermano estaba ahí ya que,
aunque me pusiera a buscar entre la montaña de papeles que tenían, nada
aseguraría que encontrara lo que estaba buscando.
Revisé la lista de ese día y no, no se encontraba el hermano
pero gracias a las notas de la secretaria encontré su dirección junto a su
número telefónico. Conocía el lugar. Lo pude haber copiado o arrancado, pero
cuando la energía eléctrica falló, solo encendí mi lámpara para salir pitando
de ahí.
Bajé las escaleras de emergencia lo más rápido que pude y me
encontré con un famoso sicario irlandés quien ya se había convertido en un
muerto. Lo eliminé de inmediato y justo cuando disparé, un mar de muertos brotó
de una de las salidas de emergencia como una marabunta. No tenía balas para
todos por lo que no intenté nada, solo corrí.
Mientras lo hacía estaba pensando sobre la magnitud de lo
que sucedía y la presencia del matón irlandés me dio otra pista. Se decía que
el jefe de este era uno de los criminales de cuello blanco más reconocidos de
la ciudad, un amigo, colega y benefactor del alcalde. Me estaba involucrando en
una seria conspiración política. Una farmacéutica culpable de las muertes y, de
acuerdo a un tiro muy largo, la pandemia que aquejaba a la ciudad y al mundo la
cual fue encubierta por el alcalde auxiliado por el crimen organizado. ¿De
verdad quería entrar en ese mundo? En ese entonces no lo pensé y mucho menos lo
racionalice cuando llegué a la dirección del hermano de Liz solo para
encontrarme que él me interceptó y me vio. Cabe decir que estaba cayendo desde
lo alto de su departamento acompañado de Laura convertida en muerto viviente.
La caída lo mató al instante y Laura, a pesar de tener la
mayor parte de los huesos rotos, solo se preocupaba por alimentarse del cadáver
de este. ¿Quién lo diría? Una coincidencia de mil a uno truncando la cruzada
que me encargaron. Cualquier persona inteligente habría desistido en ese
momento, habría empacado y habría huido, pero no, no este oficial idiota quien,
tras recurrir a su estúpida teoría conspiracional, intentó dirigirse a la
alcaldía para buscar respuestas con el alcalde. Idiota, seguro no habría
llegado hasta él de haber sobrevivido.
Mi mente generaba muchas preguntas, dado vueltas para tratar
de desentrañar la verdad de esto con la poca información que tenía pero de
alguna extraña manera acabé recordando las palabras del doctor sobre mi madre.
No quería reconocer la realidad y tenía miedo a lo que las conjeturas me
podrían llevar. Lo bueno fue que llegué dentro de mi tribulación al frente de
la alcaldía. Lo malo… que la limusina del alcalde me atropelló tras salir
despedida a toda velocidad desde el garaje. Si, ese día morí. ¿Crees que
posiblemente me estaba acostando con mi media hermana?
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