PARTE 2: EL ESCAPE.


Ciudad de México, D.F.
21 de octubre del 2015
Casa
Logramos escapar. Un escape digno de una mala película de acción o producto de una película de “culto”—como suelen decirle a toda la gama de entretenimiento con tramas raras y un poco vacías que suelen hacer “grandes críticas” de la sociedad mediante un significado “profundo” en ellas—pero aun así pudimos hacerlo. Han pasado algunas cosas el día de ayer y hoy que me marcaran para siempre. Pues bien, comenzaré con el escape. Dieron las 4 de la mañana y el sonido de los “infectados” se hizo menor, así como su número alrededor del taller y en la facultad. Analizábamos cual era nuestra mejor ruta de escape, decidiendo que, si es que quedaba algún vehículo; lo mejor era dirigirse hacia el estacionamiento más cercano y robar alguno. El coordinador del taller tenía una camioneta pickup y podría llevar consigo a algunos. El truco era llegar sin que ellos pudieran alcanzarnos. Se escuchaba más fácil de lo que parecía en realidad.
Varias ideas fueron hechas a un lado de inmediato, como el quitar las tablas de los restiradores y usarlas como escudo. Solo era cuestión de tiempo para que te superaran en número y tu escudo fuera inútil. En realidad era una idea algo tonta impulsada por las películas de superhéroes de la época. De pronto llegó a mí como un rayo. Podríamos pasar por el techo que cubre los pasillos de la facultad, es de poca altura, pero suficiente para que ellos no te alcancen, además de que cerca del estacionamiento, hay un desnivel que te puede ayudar a bajar. Todos estuvieron de acuerdo. Bingo. Ahora solo faltaba ver como llegaríamos a este.
Pensamos por mucho tiempo como alcanzar el techo sin retirar la barricada y quedar expuestos. Después de darle vueltas, decidimos romper el ventanal que quedaba justo frente a uno de los ramales de estos pasillos cubiertos para saltar desde el segundo nivel. Fue algo realmente violento por el ruido que provocamos en medio del silencio que reinaba el lugar. Colocamos un poco de cinta alrededor del marco que destrozamos, esperando que amortiguara el ruido. Lo hizo, sólo que… no tanto como lo esperábamos. Los “infectados” se volvieron demasiado activos con el sonido, pero después de ver como el primero saltaba al techo y quedaba fuera del alcance de ellos, continuamos hasta quedar todos sobre el techo del pasillo. Hubo quien se quedó dentro del taller para esperar el rescate. Eran los que habían sido heridos. Creo que jamás los volveré a ver por qué sus heridas en realidad parecían mordidas. La pinta del más grave era… bueno, podrá parecer una mala broma en este momento pero tenía el semblante de un “muerto fresco”.
Después de caminar lentamente hacia el estacionamiento sobre el techo del pasillo, oímos como otro cristal se rompía cerca de nosotros. Era el taller donde se encontraba la novia de Fernando y para nuestra sorpresa, ella era la primera que saltaba. Parecía ser que la situación se había vuelto un poco difícil ahí dentro, pues se estaba llevando a cabo una batalla en ese edificio en contra de algunos “enfermos” que parecían haber podido entrar. Algunos de ellos se despertaron de manera eufórica cuando la novia de Fernando salió, tratando de alcanzarla, pero sin lograrlo. Corrió hacia nosotros cuando un segundo individuo salía de su taller. Cayó en seco sobre el techo—casi como si fuera un costal de papas—asomando los pies desde este, cosa que los “infectados” aprovecharon para tirar de él. Cuando sintió como halaban de sus piernas, aquel sujeto se aferró a un tubo metálico por donde corría la instalación eléctrica que estaba sobre el techo provocando algo inesperado. Ellos estaban usándolo como escalera. Tiraban de él y se levantaban, llegando a estar sobre el techo. Todos quisimos ayudarlo, pero sabíamos que era él o nosotros. Apresuramos el paso mientras otros dos “infectados” subían justo en el momento en que el primero le arrancaba un mordisco del hombro. La suerte se había acabado para él y los que esperaban salir después. Se había bloqueado su vía de escape por competo. “¡Ayúdenme!” gritaba. Jamás olvidare su voz. El grito que profirió. Un chillido similar al de un animal siendo sacrificado.

Llegamos al estacionamiento, y el grito que había dado aquel chico activó a los “enfermos” que estaban alrededor. Unos cuatro por lo menos. Muchos más tras nosotros. Comprobamos que al menos seis autos se encontraban en el estacionamiento en buen estado. Algunos con las puertas abiertas. Sabíamos que el tiempo era apremiante así que todos saltamos y nos dividimos en dos grupos. Mis amigos me acompañaron y el coordinador, otro de mis amigos, se separó de nosotros hacia su camioneta. No esperó a que nos pusiéramos en movimiento, solo subió y arrancó con su grupo. No lo culpo, tiene una familia por la cual velar. Tras esto, encontré el auto de Horacio, un Astra de color blanco. Tenía la puerta abierta y temía lo peor. No había nada en su interior, solo las llaves tiradas junto a algunas gotas de sangre que también se esparcían sobre el costado del vehículo hasta llegar a un enorme charco. Pobre Horacio. Eso decía una parte de mí. La otra se sentía aliviada de no haber sido yo.

No cabíamos todos, así que pedí que los demás buscaran algún otro auto con las llaves “casualmente” puestas. Encontramos otro automóvil rojo, no sé cuál era el modelo o la marca, pero recuerdo que tenía como adorno un oso de peluche en la parte de atrás. Era probablemente de una chica de la facultad. Tras esto, nos acomodamos en los vehículos cuando dos de los “infectados” trotaban hacia nosotros. Fue un escape rápido. Un escape de ensueño. ¿Cuántas veces te podrás encontrar un auto con las llaves puestas para que puedas escapar de inmediato? ¿Batería completa? ¿Tanque lleno? Fue una suerte que no se volverá a repetir, de eso estoy seguro.
Mi plan era que me siguieran hasta mi casa, esperando que todo fuera normal ahí. Así que pensé en cuál era la ruta más directa y segura, pues si las colonias que rodeaban CU estaban en la misma situación, sería un error meterse en las calles estrechas de estas. Pensé en la estación del Metro Universidad, de ahí salir por Delfín Madrigal hasta Avenida Aztecas y seguir por esta hasta llegar a mi hogar.
En el trayecto encontramos a Selene y Leo, quienes también habían escapado de algunos “infectados” subiendo al techo de uno de los baños de la facultad de química cercanos al circuito. Una proeza, ya que Leo es de más baja estatura que la mayoría de nosotros. Les hicimos lugar en los vehículos y pronto llegamos a la salida de la estación Universidad.

El camino fue lúgubre. Jamás esperé ver CU tan abandonada. Silenciosa. Pero cuando llegamos a Delfín Madrigal fue peor. También era una avenida medianamente transitada y se encontraba completamente desierta. Eran ya casi las seis de la mañana y debería haber movimiento. Pero ni siquiera el Metro funcionaba en ese momento. No había autobuses en las bases. No había taxis. Ni un alma podía verse en ese lugar.
Nos dirigimos hacia el norte, para tomar Avenida Aztecas, pero no llegamos muy lejos. Alcancé a divisar un retén militar. Más bien una barricada. Era algo demasiado extraño. Había un grupo de soldados apostados, con costales apilados, tanquetas y todo un equipo para evitar contagiarse. Ya sabes, de esos trajes que parecen de plástico y máscaras anti-gas. Me sorprendió ver que tuvieran más unidades de las que siempre presumían en los desfiles porque, si la situación está igual por otras partes, seguramente tienen equipo similar apostado en esos lugares. Desaceleré. No alcanzaba a ver una manera de salir, lo cual me preocupó en seguida. Eso no era un retén, era un bloqueo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había varios cuerpos y vehículos parados ante ellos y comprendí que no sería posible salir, así que retrocedí ante el enojo de todos en el vehículo.
 Nos mataran si nos acercamos” dije frustrado y haciendo señas al otro vehículo. Les pedí que observaran los cuerpos tirados frente a ellos. Era claro que ninguno de los abatidos se estaba acercando ¡Al contrario! Intentaron huir del retén antes de ser acribillados. No dejarían salir a nadie, estuviera infectado o no. Solo me preguntaron ¿cómo había llegado a esa conclusión? Dude un instante en decirlo, pero fue la respuesta más sincera que he dado en mi vida. Solo contesté que… yo lo haría. No estoy orgulloso, tampoco acepto la situación o la perdono; simplemente, la entiendo. A veces hay que hacer ese tipo de cosas. Si tu vida estuviera en peligro ¿No dejarías que te cortaran un brazo o una pierna?

Logré llegar a un retorno que conectaba con el otro sentido de la avenida, donde encontramos una callejuela que conectaba otras que conocía a través de la colonia Santo Domingo y que al parecer, no estaba cerrada. Esta llegaba a la base de los autobuses y salía hacia un lugar llamado “El paso”. Dudé el entrar ahí, temiendo encontrar más “infectados”, pero no fue así. Gracias a Dios por la incompetencia del ejército. Después de un largo rato, llegamos a casa viendo que, todo era normal ahí. La gente caminaba por las calles sin saber lo que había pasado. Parecía que habíamos salido de una mala película extranjera. Era completamente inverosímil. Abrí la puerta y pasé para encadenar a mis perros, quienes no me saludaron como de costumbre. Tal vez olían el miedo en mí. Cuando oyeron mi voz, mis padres salieron corriendo de la casa, con un rostro de preocupación similar al que tendrían si me hubiera ido de la casa una semana sin avisar. Preguntas clásicas… ¿Cómo estás? ¿Todos está bien? Mis amigos pasaron, y comencé a explicar todo cuando el resto de mi familia, salía de cada una de sus casas. Es un terreno grande, así que existen cuatro casas dentro.

Explicamos todo y ellos nos informaron que a partir de antier, se cerraron las escuelas a cualquier nivel, incluyendo la Universidad; debido a un “pequeño” incidente con un infectado en el campus. ¿Un infectado? ¡Maldita sea! Si supieran lo que tuvimos que pasar. Además, se declararía ley marcial esta misma noche estableciendo un cerco sanitario entre el sur y el norte de la ciudad. ¿Cuál está infectado? No lo sé. Gracias a eso, la mitad de mis amigos esta varado en mi casa. Los demás vivían cerca de CU. Solos. Cenamos un poco y todos caímos en un sueño profundo. No nos importó lo pasado. No dejaba de escuchar a aquel chico gritando. Tal vez… pudimos ayudarle.
Al día siguiente, todos nos despertamos casi dando las doce del día. El pasar en vela toda la noche rodeados de “enfermos” no nos ha sentado bien. Sigo sin comulgar con la idea de los “muertos vivientes”. Simplemente mi parte lógica no lo puede aceptar. Debe de haber alguna razón para que parezcan muertos. Catalepsia, o algo similar. Pensándolo bien, catalepsia sería algo verdaderamente estúpido de imaginar. Alguna vez oí que en Haití, algunas personas untaban veneno de algún tipo en el cuerpo de las personas haciéndolas pasar por muertos. Tal vez sea algo similar. No lo sé.
Tras desayunar, muy a regañadientes, salimos hacia los domicilios de dos de mis amigos, de Maribel y Alonso. Maribel es del Estado de México, mientras Alonso es de Tlaxcala, pero ambos rentaban departamentos cerca del Metro Copilco, el cual es colindante a una de las entradas de CU. Hemos acordado que sería mejor que se quedaran con nosotros para poder permanecer juntos, por lo que sólo pasaron por ropa y algunos artículos personales. Por su parte, Oscar decidió ir a su casa, ya que vive algo más alejado de Ciudad Universitaria. Lo acompañamos hasta ella y vimos cómo sus padres lo recibían con los brazos abiertos. Fue un alivio para ellos. Leo vive más cerca de CU y es novio de Selene, mientras Selene es hermana de Ana que es novia de Oscar. Ambas chicas son del estado de Guerrero. Algo complicado. Resolvimos que ambas chicas se quedaran en mi casa junto con Leo, mientras Oscar regresaba con sus padres. Cuando llegamos, los padres de Fernando ya habían ido por él y su novia Tamara.
Al final, todos se pudieron comunicar con sus padres menos Leo. Le inquietó debido a que su madre no contestara el teléfono a la hora que solía estar. Intentó con su teléfono celular pero obtuvo el mismo resultado. No lo he dicho pero tal vez sea porque aislaron la zona. Otra parte de mi piensa lo inevitable. Prefiero no escribir sobre eso. Ya son las siete de la noche. Horario de verano todavía. Los soldados recorren las calles montados en camiones o jeeps con sus trajes especiales. Creo que dormiré temprano el día de hoy. Sigo escuchando el grito de aquel chico.




Ciudad de México, D.F.
22 de octubre del 2015
Casa
Ayer casi todos se instalaron en mi casa.  Tal vez mis sillones no sean mucho y estén algo duros; pero son más suaves que el piso de mi taller. Me pregunto si lo volveré a ver. He hablado con toda mi familia pero parecen algo incrédulos. Como si acusáramos de alucinaciones provocadas por el estrés. No los culpo. Si me hubieran contado eso a mí sin haberlo presenciado tampoco lo creería. Claro, el estrés del momento no me permitió tomar ni una sola fotografía con mi teléfono celular. No soy tan estúpido como para tomarme una selfie mientras algo está intentando comerme. #aquiconlosinfectados, #casimematan, #comoenlaspelículas, #mañananotenemosclases, #sinfiltro… Acabo de tener un flashazo de recuerdos y vino a mi mente ella. Aquella “infectada” que me miró con aquellos ojos negros y embisto contra la puerta. Debo de dejar de pensar en eso.
Desayunamos de nuevo todos juntos. Se nos hace más leve la situación en esos momentos. Los nuevos rostros son bienvenidos en la mesa. Después de eso y hacer los quehaceres de la casa, no hubo más por hacer. Nos vino a la mente el salir a jugar basquetbol en el parque cercano o ir a una plaza comercial, pero para nosotros la muchedumbre era sinónimo de “infectados”. Erin me pidió que los dejase de llamar así y que los llamara por lo que son, “muertos vivientes” pero me reusó a usar ese término. Hasta que puede oír una opinión médica o científica de la cual confiar, no aceptaré tal cosa. Además conozco bien el tema, soy fan de los videojuegos, novelas, comics, películas y series de televisión sobre el género; y si algo he aprendido de toda esa “base de datos” es que si son “muertos vivientes”, las cosas no terminaran bien.
Por lo pronto dedicaré el día a que mis perros se acostumbren a nuestros nuevos inquilinos. No soporto oírlos ladrar cada vez que los ven cerca de mi puerta o de la ventana.
Nota adicional: he escuchado en las noticias que han comenzado a controlar el acceso a las grandes ciudades del país. El transito civil es casi nulo. Solo se ha permitido el movimiento de las tropas del ejército, marina y servicio de salud. Le he dicho a mi padre que tenemos que ir por víveres no perecederos. Agua embotellada al menos. Así lo hemos hecho. No está por demás prepararse para una contingencia. Se siente el nerviosismo en la calle. Se puede leer la preocupación de las personas en sus rostros. He subestimado la situación por completo.
Hasta luego, bitácora.

Ciudad de México, D.F.
23 de octubre del 2015
Casa
He escuchado varias cosas en las noticias y eso me molesta un poco. Creo que, como siempre, los medios actúan bajo la indicación del gobierno. Siguen sacando noticias acerca de nuevos incidentes pero sin imágenes que la respalden. No porque tenga el morbo de ver ese tipo de cosas, pero creo que la mejor forma de concientizar a la gente es impactándola con imágenes en vivo sino, permanecerán incrédulas. Como lo era yo al principio. Los noticieros se han convertido en programas donde el presentador da un monologo de noticias. De vez en cuando pasan imágenes a cerca de alguna película o noticias menos desastrosas. Son una eterna estampa de un hombre o una mujer con un rostro acartonado tratando de no sucumbir ante los nervios provocados por las noticias que lee. Eso hace que me hierva la sangre. Están desinformando a la población. Un pueblo que no lee o que no escribe, no reclama, y en este caso, un pueblo desinformado no objetará el actuar de sus gobernantes.
Me conecté a internet y he encontrado varios videos sobre estos incidentes, los cuales son bastante gráficos así como crudos. Omitiré los detalles, ya que eso hace que mi mente recuerde las imágenes y se me erice el cabello. Había varios videos sobre ataques, filmados de cerca, de lejos, entre la muchedumbre; pero el que más desconcierto me provocó fue un video titulado “CU: campos de la muerte”. En este video, se mostraba como dos tipos se habían colado dentro de Ciudad Universitaria—algo completamente imprudente—habían entrado a mi taller, y subido a la azotea. Desde ahí tenían una toma espectacular del edificio de la rectoría, la biblioteca central y las islas; siendo en las últimas, donde se había colocado una especie de campamento medico improvisado.
Era un sitio rodeado por una barda plástica traslucida de alrededor de veinte metros de ancho por sesenta de largo. Dentro se dividía en dos partes, una donde parecía haber “infectados” y otra donde, según el chico que narraba el video, tenían a todas las personas que se encontraban en CU al momento del brote. Probablemente ahí se encuentren los que se quedaron en mi taller. A ambos grupos solo los separaba una malla ciclónica. Todo esto era protegido por personal del ejército enfundado en trajes de asbesto—aclaración que mi madre hizo favor de hacerme—, algunos en color amarillo, otros con camuflaje.

En el video, algunos militares parecían divertirse con los “infectados” mientras otros sacaban a uno de la zona y comenzaban a empujarlo por todos lados. Picándolo con la punta de sus rifles o golpeándolo con la culata. Me sorprende la indolencia de algunas personas. Y la estupidez también. Solo hacía falta un error para que alguien se infectara y propagara el virus. En el video, unos segundos después, se alcanza a oír un grito de uno de los refugiados no infectados. Al parecer, varios “infectados” lo alcanzaron a través de la malla y jalaron de su brazo para atestarle varias mordidas. El personal militar reaccionó dejando al otro sujeto libre, quien, confuso, si se podría decir, se alejó del lugar tambaleándose. Increíble. Después quise reproducir de nuevo el video para mi familia pero, había sido suprimido por abuso y faltas a las condiciones casi al instante. Censura es la palabra que viene a mi mente.
Después de esto, acompañé a mi madre al mercado, seguido de Erin, Eliza y Alonso. Al parecer también están algo inquietos. Caminamos dos cuadras y llegamos al mercado, pero descubrimos con pesar, que el bloqueo ha golpeado fuertemente al comercio. Había pocos puestos abiertos, y estos habían elevado el precio de sus productos en vista de la escasez de los mismos. Un aguacate costaba 25 pesos mientras medio quilo de jitomate alcanzaba los sesenta pesos. Eso me molestó, así que sólo compramos algunas cosas. Después iríamos al supermercado, cosa que me inquietaba aún más. Podíamos toparnos con más personas.
Gracias a su red de abastecimiento, los supermercados seguían bien surtidos, aunque el número de personas que los visitaban era abrumador. Los pasillos de enceres electrodomésticos y aparatos electrónicos estaban abarrotados. No sé porque en esta situación alguien consideraría más importante comprar una pantalla de plasma que comida, pero en fin. ¡Viva el apagón analógico! Creo. Algunos más listos compraban medicamentos, pero del orden de antigripales, aspirinas y antidiarreicos. Creo que no pensaban en antibióticos. Sorprendentemente la zona de herramientas y utensilios para acampar estaba desierta. O casi. Creo que un par de llantas, algunas buenas herramientas o una casa de acampar serian excelentes opciones en una lista de supervivencia. Pero ese soy yo.

La zona de abarrotes estaba repleta, sobre todo los pasillos donde estaban los alimentos no perecederos. Al parecer éramos los únicos que queríamos comprar carne y verduras. Llevamos algunas piezas y comenzamos a andar pensando en que nos hará falta. Mi padre nos acompañaba y de pronto lo mire y dije “creo que será mejor llevar más latas de comida ¿No crees?”. Me miró unos segundos y contestó afirmativamente, advirtiéndome que si no pasaba nada, comeríamos eso hasta que se terminara. Yo asentí. Estoy bastante acostumbrado al atún enlatado.
Al parecer la gente piensa que recurrir a la comida en lata es bueno, pero en caso de supervivencia hay que saber escoger. Se debe llevar comida con un alto aporte calórico y nutrimental, pensando en que puede que haya tiempo de carestía. Pero no lo hacen así. Se van sobre las cosas que ya conocen, guisados preparados en lata los cuales se necesitan calentar. No se ponen a pensar en que harían si faltara el gas o la energía eléctrica. Así que, con ayuda de mis dos amigas Erin y Alejandra—una de ellas es química en alimentos y otra estaba estudiando medicina—comenzamos a recorrer el pasillo buscando alimentos de este tipo.
Llenamos un poco el carrito y pasamos a las cajas. Había filas bastante largas y eso no me gustaba. Aparte del pánico de las personas eso solo denotaba una cosa. La cercana escasez de alimentos. Llegamos en poco tiempo a la caja, al parecer todos pagaban con tarjeta de crédito. Al lado había un tipo con aspecto muy extraño y llevaba un vendaje manchado de algo negro en el brazo izquierdo. Las ojeras caían de sus ojos y parecía sudar profusamente. Estaba enfermo. Quería salir de ahí a toda prisa pues no quería ver como se transformaba en uno de “ellos”. La cajera cobró y Salimos disparados con el carrito del súper al estacionamiento. Mi padre no preguntó qué pasaba solo me siguió.
Terminamos de cargar las cosas en el auto cuando un grito dentro del supermercado nos alertó. Mis padres no querían averiguar que era y nosotros comenzábamos a recordar lo sucedido en CU. El pánico se apoderó de nosotros cuando vimos cómo la gente salía corriendo del supermercado mientras se escuchaban disparos dentro de la tienda. Subimos al coche y partimos de inmediato. Huimos a tiempo. Nadie dijo nada de regreso a casa. No escuchamos las noticias, solamente la música que reproducía el estero desde la memoria de mi padre. Música de los 70´s combinada con éxitos de Juan Gabriel.
Llegamos a casa y descargamos todo mientras mi hermana con el resto de mis amigos escuchaba en las noticias como se cancelaba toda actividad que significara la aglomeración de un grupo importante de personas. Cierre de mercados y supermercados así como centros y plazas comerciales. Era de esperarse… aunque sea un poco tarde para eso. Qué bien que pensamos en traer más alimento, por lo menos no moriremos de hambre gracias a todas las latas de frijoles y otras cosas que compramos. Es tarde, quiero dormir pero comienzo a ver la cara de aquella “enferma” combinada con los gritos de aquel chico. Tengo que dormir.
Hasta mañana, bitácora.

24 de octubre del 2015
México, D.F.
Casa
Hoy fue un día tedioso y algo estresante. He descubierto por que a veces las condiciones de hacinamiento provocan altos índices de estrés que conllevan a distintos malestares físicos del ser humano. En pocas palabras… hay fricciones entre nosotros. En fin, poco después de que llegáramos del supermercado, Leo nos dijo que sentía la obligación de irse y buscar a su familia, ya que se encontraba muy preocupado sin tener noticias de ellos. Le dijimos que era ya algo tarde y que si así lo deseaba, al día siguiente lo acompañaríamos para que llegase seguro a su hogar; y así lo hemos hecho. Claro, no sin convencer a Selene que es mejor que se quedara en mi casa con su hermana y un grupo de personas.
La casa de Leo no quedaba lejos de la mía, pero si se encontraba cerca del perímetro que había establecido el ejército y la secretaria de salud alrededor de Ciudad Universitaria, muy cerca de la estación del Metro Copilco. Nos sorprendió ver lo tranquilo y silencioso que era aquel lugar cuando llegamos, debido a que, por lo menos a esa hora, era un lugar donde el bullicio era el común denominador de todas las actividades que ahí se llevaban a cabo. Antes, hubiéramos encontrado varios camiones aparcados en línea, esperando salir con pasaje del paradero, comerciantes ambulantes y estudiantes de la universidad; pero ahora estaba solo. Llegamos a nuestro destino casi con el corazón en la garganta al sentir que el motor de la minivan de mi familia, rompía el silencio como si fuera algo estruendoso. Leo salió inmediatamente cuando nos detuvimos, pero le indicamos que esperaríamos por él afuera, por si era necesario y que por favor nos avisara para estar más tranquilos y así lo hizo.
Unos minutos después de que Leo entrara al edificio donde vivía, regresó trotando y con un rostro más aligerado en su preocupación; diciendo con la voz entre cortada por la respiración que no había nadie en su casa, pero había una nota que dejó su madre diciendo que habían salido a buscarlo y que si regresaba que se quedara en casa. Tras esto, mi padre le dijo a Leo que tuviera mucho cuidado, que no confiara en las personas que le pidieran ayuda y si era necesario, siempre sería bienvenido con su familia en nuestro hogar; y sin más que añadir, emprendimos el regreso a casa.
Después de un rato, mi teléfono celular comenzó a vibrar indicando que tenía una llamada. Era Erín y parecía bastante alterada. No paraba de decir que teníamos que ir por Oscar, que algo había pasado y que era urgente que lo recogiéramos. Mire a mi padre y el entendió que se trataba de una emergencia, así que le dije a Erín que no se preocupara, que me diera la dirección donde estaba Oscar e iríamos por él. Gracias a Dios mi padre es un buen conductor, además de conocer la mayor parte de la ciudad como la palma de su mano, si no, hubiera sido más difícil encontrar el camino.
Oscar vivía cerca de la estación del Metro Zapata, una de las estaciones de la línea que corre desde Ciudad Universitaria, hasta la estación Indios Verdes. Curiosamente una de las estaciones está cerca de donde vive Leo, lo que me hizo pensar un poco más las cosas, ya que Erín me había dicho por teléfono que estaban clausurando temporalmente las líneas del metro de la ciudad, ya que había ocurrido un “incidente” y no querían arriesgar a la población a usar el transporte donde el virus estuviera volando. ¿Hasta ahora? Fue lo que pensé. No creo que tenga mucha importancia, tal vez es como la gripe. Si alguien enfermo entra a un vagón del metro y estornuda, el virus se mantendrá ahí durante un tiempo indefinido gracias a la adherencia que pueda tener con las superficies, a quien haya contagiado, las condiciones climáticas especiales de los túneles, etc. Si alguien se enferma en el metro, lo más probable es que, todos los que hacemos uso de él, enfermemos.
Logramos llegar relativamente rápido a la zona donde se encontraba Oscar, lo que nos dio una gran sorpresa; que sería rebasada con creces al ver el paisaje que se desenvolvía frente a nosotros. Una copia exacta de lo que vimos antes de llegar a casa de Leo, un lugar desierto y calmo; con una pequeña diferencia, había ropa y lo que parecía ser casquillos de bala por todo el piso. Algunas manchas resecas de lo que parecía ser aceite en el piso y unos tres vehículos civiles abandonados a media Avenida Cuauhtémoc.

Detuvimos la minivan en el semáforo que está próximo a las oficinas de la delegación Benito Juárez y esperamos. Aproveché la calma para bajar a husmear un poco sobre aquella mancha de aceite del piso y algunos casquillos que se encontraban en el suelo. Me acuclillé junto a la mancha y esta despedía un olor a cobre que se quedaba en la lengua. No soy experto en esas cosas, tampoco se mucho sobre sangre; pero sé por experiencia que su olor se detecta en la lengua de esa manera. Retrocedí por miedo al contagio. Logré divisar unos jirones de carne que no logré identificar sobre ella, ya resecos por el calor del asfalto cuando algo entre las sombras provocadas por unos árboles se movió. He aprendido desde nuestros dos días cautivos en CU a ser más cauteloso, así que al detectar movimiento me acerqué hacia la camioneta sin dar la espalda a la dirección donde había detectado movimiento.
Tope con el parachoques y me sentía acorralado. Sabía que si daba media vuelta, el que estuviera acechando aprovecharía para atacar. De pronto escuche una voz familiar llamándome de entre los macetones. Era Oscar, llevaba ahí escondido no sé cuánto tiempo cargando dos enormes bolsas camufladas. Su rostro denotaba miedo, así que me apresuré a acercarme a él y lo ayudé con su carga. Ya en la minivan y de camino a casa nos explicó todo. Hubo un incidente similar cerca de su casa y la gente corría despavorida. Para esto, él y su familia se encontraban en la calle en ese momento. Él logró apartarse y sujetarse de una señal de transito al ser empujado por la marea de personas; tan solo para ver como su familia era arrastrada por la corriente. Justo en la otra esquina, comenzó a oír gritos, y supo que los “infectados” los habían acorralado en una pinza. Vio como llegaba el ejército y comenzó a vaciar sus armas contra los “infectados” que alcanzaban a la muchedumbre. Al ver esto, él se refugió detrás de la línea de defensa, pero pronto vio como los soldados eran rebasados y atacados por aquellos seres. Los disparos se habían vuelto indiscriminados, tanto en contra de los “infectados” como de las personas sanas.
Dos soldados habían caído donde estaba la mancha de sangre tratando de luchar. Uno de ellos lo vio y con su último aliento, logró gritar que tomara las bolsas que habían dejado caer y que corriera. Tomó las bolsas, pero no pudo correr. Se sentía acorralado y solo se acuclillo abrazado de las bolsas mientras los gritos y el sonido de las balas inundaba el lugar. Sólo pensaba en su familia. Cuando pensó que terminaría igual que el chico de mi facultad, los refuerzos del ejército llegaron y repelieron a los “infectados”—y  a los que no lo estaban—, recogieron los cuerpos y hablaban de ampliar el cerco. Unos lograron verlo, pero él creía que se veía tan patético que no lo molestaron. Algunos se burlaron de él. Me dijo que no se movió hasta que nos vio llegar en la camioneta.
Regresamos a casa y no le pregunte lo más obvio; su familia. Él sabía que los había perdido para siempre. Creo que ahora solo le reconfortaba saber que, Ana y nosotros, sus amigos, éramos su nueva familia. Nos enteramos que después del cierre de las líneas del metro, estaban sacando a los pocos que se quedaron dentro de los vagones y en los andenes. Algunos heridos con mordidas o cosas peores. Corría el rumor de que una batalla campal ocurrió en los túneles de varias de las líneas. Las más fuertes en las estaciones donde se hacían los transbordes. Se decía que Pino Suarez fue una masacre y que los monumentos, al igual que la estación Tacuba, estaban cubiertos por trozos de carne, sangre y cuerpos. Atlalilco era una tumba y La Raza era inaccesible pero Pantitlán fue… la peor de todas. No sé qué esperar ya. Creo que esto empeorará más debido a la desinformación de la prensa. ¿Cómo es que llegamos a encontrar a Oscar tan fácil? Fue algo de pura suerte. Dijo que había soldados… que extraño. No vimos ninguno cuando llegamos ¿Estarán apostados en otro lugar? En fin, sólo sé que esto es un fenómeno global y que hasta ahora, nadie sabe cómo se transmite. Espero que no pase a mayores. Quiero regresar a una vida normal.
Nota adicional: revisamos las bolsas que cargaba Oscar, contenía 8 rifles de distinto tipo y parque para los mismos. También algunas granadas variadas y cuatro pistolas. Le he dicho a mi padre que era mejor conservarlas hasta que todo se calmase un poco. Investigaré un poco en internet sobre ellas para entender cómo manejarlas.
Hasta luego bitácora.












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